Cuando decidió quitarse la vida con un harakiri en el bosque de San Martino, Turín, adonde solía ir a pasear y a recoger flores con su esposa, Ida Peruzzi, Emilio Salgari escribió una carta fechada el 25 de abril de 1911 a sus editores en la que decía: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari”. Sus diversos editores pagaron el funeral, e incluso publicaron avisos en los periódicos y les dieron algún dinero extra a sus periodistas encubiertos en la nómina de los diarios y revistas con mayor circulación en Italia para que lo ensalzaran en sus notas necrológicas.
A fin de cuentas, la muerte vendía. Siempre vendió. Y si era por suicidio y con un harakiri, mucho más. Salgari fue sinónimo de dinero para ellos desde que en 1887 publicó “La favorita del Mahdi”, su primera novela impresa de forma independiente, y fue sinónimo de ventas para los periódicos desde que salieron por entregas sus relatos “La Valigia” y “La rosa del Dong-Giang”, y más que nada, en octubre de 1883, “El tigre de Malasia”, la primera novela del ciclo de historias sobre Sandokán, un príncipe de Borneo despojado de su título y sus riquezas por el Imperio Británico, transformado en pirata de los mares del sur, y cuya historia estaba basada en la vida de un personaje real que se llamaba Carlos Cuarteroni Fernández.
Salgari dijo en varias ocasiones y escribió que las historias que relataba y los personajes que poblaban aquellas aventuras habían salido de sus viajes en barco, aunque sus biógrafos jamás encontraron evidencias o pistas de ninguna travesía que durara más de tres meses. Se hacía llamar “capitán”, muy a pesar de que jamás lo fue, y como “capitán”, en aguas cerca de Bari, un tiburón por poco lo devora, o eso contó. Se enfrascaba en cuanta trifulca hubiera a su alrededor, tal vez para escribir sobre sus peleas después, y en una ocasión, siendo periodista de planta de La Nuova Arena de Verona, un columnista de nombre Giuseppe Biasioli lo criticó y calificó de “mozo”. Salgari lo retó a duelo. Biasioli acabó hospitalizado y Salgari fue encarcelado durante seis meses.
Salgari fue real y fue mito y se encargó de multiplicar ese mito narrando sus historias, bien fuera a nombre propio o en el de alguno de sus miles de personajes. Su padre, Luigi Salgari, se suicidó, su madre, Luigia Gradara, murió de meningitis, y su esposa, su amada “Aída”, fue internada en una clínica de reposo a principios del siglo XX. Sus hijos, Fátima, Nadir, Romero y Omar, trataron de aliviar sus deudas, en ocasiones, escribiendo sus libros o parte de ellos y negociando con los editores, que vendían y vendían por encima o por debajo de la mesa todo lo que Salgari escribía. Y él escribía. A fin de cuentas, y al parecer, sólo sabía escribir y solo le importaba plasmar en letras y letras sus aventuras. No sabía de contratos ni de cláusulas y tampoco creía en ellos.