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Los primeros gritos le parecieron desordenados, sin ritmo. Incluso, diría después, vulgares.
Gritos sin distinción que se le comenzaron a meter en su apartamento todas las noches, pasadas las ocho, por debajo de la puerta, por entre las hendijas de las descascaradas paredes y por las ventanas que, quisiera o no, debía dejar entreabiertas para que se escapara su amargura. Transcurridos algunos días, dos semanas en las que se inventó un viaje de trabajo para huir del estruendo, los gritos se habían transformado en discusiones dispersas con pausas casi perfectamente marcadas. Ya alcanzaba a comprender una que otra palabra y uno que otro silencio.
Sin embargo, aún no entendía las razones de la discusión. Había una mujer, ¿o dos?, y un hombre, sólo un hombre que, supuso, se enfrentaba a las dos arpías que lo acorralaban noche tras noche. ¿Por tragos? ¿Por una amante o porque una de ellas era la amante y la otra quién sabía? Un sábado escuchó golpes contra una mesa, y al domingo siguiente, el ruido de un cristal roto. El lunes, sobre las siete y treinta, se sentó en la acera de la calle frente a su edificio con un periódico y un abrigo largo, cual detective de película años 50. Había decidido ponerles rostro a sus vecinos y, tal vez, hasta hablarles de cualquier nimiedad.
No fue capaz. Cuando las dos mujeres y el hombre ingresaron por el portón del 3-45 de la calle del Perro fantasma, se subió el cuello de su abrigo y tembló. Una ola de pánico que no podía controlar lo desbordó. Tembló. Sudó. Creyó que se moría, pero respiró lento y profundo y se fue tranquilizando, hasta que oyó de nuevo la discusión de sus vecinos que se salía por las ventanas. Bien, todo en orden. Entonces me voy. ¿A dónde? No lo sé, pero uno siempre se tiene que ir a otra parte. Es que hace tiempo hemos llegado a la última parte: al lugar donde ya no es posible irse a otra parte.
Vislumbró sus sombras, de un lado hacia el otro. Intuyó a una de las mujeres con un arma en la mano, y al hombre, ¿su marido?, inclinado, como en gesto de clemencia. La escena la vio de nuevo al día siguiente, y el miércoles y el jueves y el viernes. Cada vez más exacta, más prolija, como si fuera a representarse en un teatro.
