Subvertir, cambiar el orden de las cosas, olvidar los manifiestos que nos han legado, romper todas las tablas, y empezar por comprender que quienes se adueñaron del mundo, empresarios, políticos, sacerdotes, académicos y demás, no son lo importante, lo esencial, y que podemos hacer la revolución a fuerza de pequeñas revoluciones, desde abajo, sin aspirar a ser ellos ni como ellos, porque ellos, en últimas, pocas veces han hecho algo, y si alguna vez lo hicieron fue para preservar el sistema que vivimos, que es su sistema.
La vida se les ha ido en disputarse el poder, en arrancarse de las garras afiladas los contratos y los cargos, poniendo como pretexto una ideología que jamás han tenido y comprando de todas las formas posibles las noticias, los aplausos, los diplomas, los informes y los tristes votos por los que nos llamamos democracia. La vida se les ha ido repitiendo las viejas fórmulas de dominación, hasta hacernos creer que sin ellos no podemos funcionar.
Subvertir, romper, ignorarlos. No volver a leer lo que dicen ni lo que hacen. Hacer de cuenta que no existen y luchar desde abajo, porque desde abajo podemos formar grupos, y trabajar, y producir, y desde abajo podemos volvernos fuertes si no nos vendemos. Desde abajo podemos escribir libros que rescaten, por ejemplo, la sabiduría de nuestros viejos ancestros, esa que ellos pisotearon, y publicarlos sin que ellos incidan. Desde abajo podemos hacer música y cine y obras de arte y jugar fútbol y béisbol e inventar nuestros propios campeonatos. Desde abajo podemos hacer periódicos y revistas y crear emisoras, y difundir nuestras realidades, que son las que nos deben importar, no las de ellos. Desde abajo podemos convencernos de que, en honor a la verdad, no los necesitamos.
Desde abajo podemos escribir pancartas que digan “No los queremos, no dependemos de ellos”, y salir a la calle y protestar, y apagar los televisores y salirnos de los estadios. Desde abajo podemos hacer, vender y comprar, sin tanto intermediario, con la publicidad que nosotros mismos hagamos, regando nuestras voces, y desde abajo podemos hacer caso omiso de los cargos rimbombantes, e incluso eliminarlos, pues sin quien obedezca, el mandamás y sus imposiciones se acaban diluyendo. Desde abajo podemos convencernos de que para subvertir tenemos que acuchillar nuestros mediocres egos y trabajar en egos inmensos, egos que le apuesten a la inmortalidad, egos dignos, que no apelen a las mezquindades con las que ascendieron esos que ya sabemos. Egos para crear, para construir, egos que prioricen los argumentos y el consenso. Es desde abajo que debemos convencernos de que sin nosotros, ellos no manejarían el mundo.