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Deudos y deudas

Fernando Araújo Vélez

01 de noviembre de 2008 - 12:41 a. m.

Luto, tristeza, desolación, miedo, angustia. No hay futuro, señor. Doce campanadas en la misa de seis, 12 en la del mediodía y otras 12 a las seis de la tarde.

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Sobre el eco de una llegaba la otra y sobre el eco de la otra la de más allá. Las palomas no se acercaron mientras el campanario volaba. La gente tampoco hablaba demasiado. Lo siento mucho, don Rubén, su padre era un hombre ejemplar. Gracias, gracias, se lo agradezco profundamente. Dicen que hasta los dolores de la muerte se curan con el tiempo y que el viento se lleva las palabras, pero allí no había viento y el aire era lluvia condensada que hervía. El pasado se devolvía en escenas repletas de detalles. Se podría decir que entre tantas escenas de tantas personas hubiera sido posible reconstruir la vida de Jorge Torres. Tal vez, entonces, Rubén habría aliviado su pena, pero sólo había murmullos, murmullos de quienes pasaban frente a la casa de los Torres, murmullos de quienes llegaban a ofrecer sus condolencias, murmullos de aquellos que arribaron con el alba y rezaron uno, dos y tres rosarios, y encendieron velas y se levantaron respetuosos ante la llegada del único hijo varón de la familia.

Pero Rubén no lloró, dijeron las voces de los rumores al día siguiente. Fue verídico. Rubén Torres no pudo evidenciar su propio drama, sencillamente porque la culpa lo ahogaba. Vio a la gente, la oyó decir todo lo que había que decir, respondió con gestos e incluso con palabras. Se asomó unas cuantas veces a la plaza de Lourdes para ver de nuevo las palomas llegar e irse, como su papá. La vida era una línea muy delgada, efímera. La vida, dijo de pronto. Hizo cuentas. Sumó, restó y multiplicó en su mente hasta que los números se le aclararon, los números de sus deudas en tarjetas de crédito e hipotecas. Entonces buscó al notario tercero y le pidió en voz muy baja que le dejara ver el acta de defunción. Sólo con la palabra escrita uno aprehende ciertas cosas, le dijo. Usted sabe. Se aisló. Leyó el legajo, sacó un bolígrafo, y allí en el espacio blanco en el que debía escribir el nombre de su padre puso el suyo: Rubén Torres. Estoy muerto, está bien, pero sin deudas, dijo. 

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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