La señora se demoró más de una semana en llegar hasta Bogotá, y tuvo que investigar y preguntar por largos días dónde podían darle la respuesta que tanto buscaba.
“Tal vez en el Banco de la República”, le dijo un tendero y le anotó la dirección en un papelito. A la mañana siguiente se vistió con las mejores prendas que tenía, se pintó los labios de un rosado fuerte, y con el mismo lápiz labial dibujó en el espejo de su cuartucho de pensión una moneda de 10 céntimos. Luego buscó en su carterita para cerciorarse de que su gran tesoro estaba ahí. Entonces se marchó a descubrir su pasado.
Llegó a la puerta principal del Banco hacia las 10 de la mañana, pero de ahí la enviaron hacia la biblioteca Luis Ángel Arango. Ella obedecía cada instrucción, segura de que en una ciudad tan grande, con edificios tan inmensos y gente tan atildada nadie podía mentir. Por eso se fue hasta la Luis Ángel, muy a pesar de que los datos no terminaban de cerrarle, pues una cosa eran los libros y otra, las monedas. Dieron las once en el campanario de la catedral cuando le preguntó al celador de turno de la biblioteca si alguien podía colaborarle con unas pregunticas. Él la interrogó. Que de qué se trataba, que para qué. Ella respondía entre dudas, mientras le daba vueltas con sus dedos rústicos a una moneda que flotaba en su bolsillo. “Es que ni siquiera yo sé bien qué es lo que necesito”, dijo de pronto, desesperada y al borde del llanto.
El celador le pidió que aguardara unos instantes. Hizo un par de llamadas. Sonrió. Puso gesto de importancia. Sonrió de nuevo, colgó, y le indicó a la señora que preguntara por la doctora Angelina en Numismática. “Numisss...”. “En el segundo piso, por acá señora”, la interrumpió él y la llevó casi que de la mano hacia la oficina de Numismática. La doctora Angelina le ofreció un café, ¿o agua tal vez? Ella prefirió un vaso de agua. Se sentó, sacó de su bolsillo una moneda de 10 céntimos, la puso en el escritorio de su anfitriona y le preguntó si era posible averiguar de qué año o período era esa monedita, “porque verá, doctora, yo no sé cuándo nací. No tengo ni papeles ni nada. No sé mi edad ni cuándo cumplo, pero en mis recuerdos hay moneditas como ésta, muchas. Yo iba a la tienda de mi pueblo y compraba dulces con una así. Por eso, quizá, si logro averiguar el tiempo de estas monedas...”. La señora calló. Luego escuchó como en sueños que la monedita era de 1932, de una emisión muy limitada, “no sé si le sirva el dato”.