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“El mundo es un infierno habitado por almas atormentadas y demonios”, dijo en tono trémulo uno de los personajes secundarios de Antonia.
Llevaba el pelo largo, hablaba muy poco y vivía rodeado de libros, libros leídos y releídos, subrayados, tachados, enumerados, devastados. El viejo falleció en una de las últimas escenas de la película, pero su muerte pareció no afectarle a nadie.
En su pueblo todo siguió siendo como siempre había sido. Infidelidades, conspiraciones, nacimientos, muertes, dudas, mentiras… En últimas, la vida de los seres humanos, el infierno del que había hablado el viejo de pelo largo, las almas atormentadas y los demonios de los que había escrito Shopenhauer.
Carmen salió del teatro con el papelito en el que había anotado la frase en una de sus manos. No se dio cuenta de su tensión hasta que entró en una librería y desenrolló “su” frase. Tenía las uñas marcadas en la piel, como si hubiera acabado de salir de El Resplandor, y el pulso ligero, muy ligero. Le preguntó al dependiente si conocía de quién eran aquellas palabras, y luego, si le parecían acordes con “desconfío de la felicidad”.
El señor la miró con cierta ironía. Le sonrió con una sonrisa que igual podía significar “estás loca” o “me gustaría besarte”, y le hizo señas de que lo aguardara un par de minutos. Cuando regresó, le informó que la frase era de Arthur Shopenhauer y que la había escrito en un libro titulado El amor, las mujeres y la muerte.
Ella preguntó si se lo podía guardar. “Mañana vuelvo por él, o a más tardar dentro de tres días, es que no tengo cómo comprarlo hoy”. Él le respondió que sí, que no creía que alguien más buscara ese libro en mucho tiempo. Le preguntó si quería que buscara la otra frase, la de la desconfianza, pero ella le contestó que no. “Sólo quería saber si le parecían acordes”, volvió a decirle.
“No son muy optimistas las frases, ¿y usted?” El dependiente se acodó contra el mostrador. Su ignorancia lo guiaba al atrevimiento, al ataque, la insinuación y el desparpajo. Hacía un reemplazo en el turno de la tarde, y la verdad, de literatura apenas sabía que un tal Jorge Isaacs había escrito María y que García Márquez se había ganado un Nobel. Las amarguras y hendiduras del alma, la frustración y el escepticismo le sabían a nada. Se acercó, ansioso y esperanzado. “¿Y usted?”, volvió a preguntarle, ahora con las manos. “Yo soy más o menos como las frases”, le dijo ella.
