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Dos hombres, un payaso

Fernando Araújo Vélez

26 de septiembre de 2009 - 02:17 a. m.

La vida recobró su antiguo sentido por un pequeño libro en el que Heinrich Böll contaba la pequeña y detenida historia de un payaso de escenarios a comienzos de los 60. Antes todo era confusión, desidia, vivir por tener que vivir y morir porque ese era el único destino cierto. Antes, diría con el tiempo, el hastío era su mejor pretexto para olvidar, aunque no tuviera nada para olvidar.

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Una mañana cualquiera de un martes cualquiera se acercó al raído estante de libros de su abuelo y sacó aquel del payaso, Opiniones de un payaso. Pasó las letras y las hojas, casi inmóviles, densas, porque el protagonista era un enamorado del amor o del sufrir, nunca lo supo, que no buscaba ni amar ni sufrir. Se dejaba llevar, nada más que eso, y en su irse rompía paradigmas, tradiciones, viejas sentencias y mandatos que él, un payaso nada más, no quería repetir.

Leyó sin dormir. Quiso aprehender con sus dedos finos aquel payaso de Böll. Buscó que la tinta de cada letra se le pegara a la piel, tinta inmortal, inmoral incluso, murmuraba. De alguna manera, se metió entre las páginas de su libro, pues desde ese día ese fue “su” libro, caminó junto a Hans Schnnier, soñó sus sueños, anheló los besos que jamás le dio a Marie, su amada, y sufrió sus amarguras, sus casi invisibles amarguras.

Entonces llegó a aquella escena con el cura, y cuando sonó el teléfono en el libro, él mismo creyó que el timbre que oía era el de su aparato negro, o mejor, el del teléfono de su abuelo, pero no lo respondió. No levantó el auricular porque vio a Schnnier hacerlo, lo escuchó saludar a un sacerdote que le hablaba en tono de religión, mitad persuasivo, mitad arrogante. En últimas, soberbio.

El cura se regó en advertencias y consejos. Pontificó. Amenazó. Schnnier lo soportó, como lo hizo él años atrás, cuando sus padres lo enfrentaron con lo que, afirmaban, era la vida. Sin embargo, durante toda aquella reprimenda él se mantuvo en silencio, todo el tiempo calló. Cuánto habría dado por haber leído antes aquel libro de Böll. Cuánto habría dado por haberles respondido como lo hizo Schnnier. “Soy simplemente un payaso, y colecciono momentos”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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