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Edimburgo, o “La ciudad celestial de los filósofos”

Fernando Araújo Vélez

28 de junio de 2026 - 07:10 a. m.

Por algo más de medio siglo, desde la rebelión de las Tierras Altas que Carlos Eduardo Estuardo creó, impulsó y ejecutó para tratar de recuperar la corona británica para la casa de los Estuardo, y hasta que estalló la Revolución Francesa, en 1789, la muy pequeña ciudad de Edimburgo fue el centro de las ideas, de la intelectualidad, el pensamiento y el desarrollo de Europa. Como escribió James Buchan en su libro “The Capital of the mind”: Durante cerca de cincuenta años, una ciudad que durante siglos había sido sinónimo de pobreza, intolerancia religiosa, violencia y miseria, sentó los cimientos del mundo moderno”. Fue entonces cuando “Edimburgo, el pozo de la abominación”, se transformó en “Edimburgo, la Atenas de Gran Bretaña”.

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Según Buchan, en una ocasión, y pese a que tres coches de correos iban de Londres hasta Edimburgo y vuelta todas las semanas, el último de aquellos carruajes tuvo que transportar una sola carta, enviada desde Londres “a toda Escocia”. Aquella era la realidad de Edimburgo en mil setecientos y tantos, cuando poco a poco y a fuerza de conversaciones, de interrogantes, de curiosidad, se empezaron a reunir personajes como David Hume, Adam Smith, James Hutton, Adam Ferguson y Hugh Blair, “tan famosos por su osadía intelectual como por sus extraños hábitos y su intachable carácter moral”. Unos más, unos menos, alguno más pronto que los demás, y otro pasado mucho tiempo, todos fueron referentes para los intelectuales de Europa y América.

Y todos, a su manera, retomando a Buchan, lograron mirar sin lágrimas un mundo en el que Dios estaba muerto. Luego de que Benjamin Franklin asegurara que su visita a Edimburgo en 1759 le había hecho sentir “la felicidad más densa”, Voltaire escribió: “Hoy nos llegan de Escocia las reglas del gusto en todas las artes, desde la poesía épica hasta la jardinería”. Años antes, en 1755, había descrito a Escocia y los escoceses con tonos despectivos en la “Encyclopédie”. El cambio comenzó a gestarse luego de la derrota de Carlos Eduardo Estuardo en inmediaciones de Derby. Entonces los vencidos decidieron unirse para trabajar juntos en un futuro. Los que dirigían las incipientes empresas, los profesores, los escritores y los filósofos, los científicos y los religiosos.

Entre tantas cosas, concluyeron que “la unión con Inglaterra era inevitable, que las divisiones religiosas, reflejadas en las rivalidades entre las casas reales, hacían más mal que bien al país”, como lo señaló Peter Watson en su libro “Ideas”. Meses más tarde tomaron la decisión de que había que construir una nueva ciudad, con todos los habitantes de Edimburgo y para todos ellos y los que quisieran. Pasados unos años de obras la llamaron “La ciudad celestial de los filósofos”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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