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Para poder escribir su verdadera obra, firmada con su nombre, Honoré de Balzac escribió decenas de relatos cortos y de novelas sin importancia. Se le hacían pocos los nombres para firmar tanto texto. En un punto, acudió a sus conocidos, y con o sin su permiso, firmó sus escritos con los nombres de este, de aquel o del de más allá. Necesitaba escribir para que le publicaran, y que le publicaran para poder pagar las innumerables deudas que había contraído en sus diversas, muy diversas empresa económicas. Creó una fábrica de fundición de tipos de imprenta, y después, una imprenta para poder publicar sus textos. Luego se inventó un periódico. Y más luego aún, hizo un resumen de las obras completas de Moliere y La Fontaine para tratar de venderlas en un solo tomo.
Si alguna de sus empresas funcionó, solo sirvió para aliviar sus deudas, especialmente con su madre, para quien él era poco menos que nada, como lo repitió decenas de veces, incluso, en una declaración oficial luego de haberse lanzado de un puente. Balzac se llamaba en realidad Honoré Balssa. Cuando decidió reformar su apellido, hacia 1829, escribió un relato sobre la Revolución Francesa que tituló “Los chuanes”, y lo publicó con su nuevo nombre. Antes, había escrito sobre los vecinos, sobre el mar, la tierra, los negocios, Dios, los esotéricos, las mujeres, los reyes y los amores y los vicios, los artistas, la elegancia, los grabadores, el ocio, los vagos, y sobre cualquier incidente del que tuviera noticia. Palabras más, palabras menos, su vida era su trabajo, como dijo muchos años más tarde.
“Piel de zapa”, “Papá Goriot”, “Eugenia Grandet” y “La Comedia Humana” fueron parte de su trabajo. Balzac se consideraba un trabajador, aunque hacía un especial énfasis en que el ocio, la observación, eran su trabajo, y el trabajo de los artistas. “Un artista vive como quiere… o como puede”, decía. A los trabajadores del día a día, incluso a los reporteros, de quienes decía que no eran ni todo ceros ni todo cifras, sino “fracciones decimales”, los calificaba como “medios”. “El hombre-instrumento es una especie de cero social, y aun el mayor número posible de ellos no componen una suma si no van precedidos de una cifra”, escribió en “La vida elegante parisiense”, en cuyas páginas, en últimas, dejó muy en claro que el artista no acataba ni leyes ni órdenes, sino que las imponía.
