Jean-Jacques Rousseau comenzó a escandalizar a la Francia y la intelectualidad del siglo XVIII cuando en su “Discurso sobre el origen de la desigualdad” escribió, entre tantas otras cosas: “Yo pregunto si alguna vez se ha oído decir que un salvaje en libertad hubiera tan sólo pensado en quejarse de la vida o en darse la muerte”, y, “Todos los filósofos que han examinado los fundamentos de la sociedad han comprendido la necesidad de retrotraer la investigación al estado de naturaleza, pero ninguno de ellos ha llegado hasta el verdadero estado de naturaleza”.
Voltaire, a quien años más tarde acusaría de haber escrito un panfleto anónimo en el que lo llamó desgraciado y lo acusó de arrastrar de pueblo en pueblo “a una ramera, a cuya madre él ha matado y con la que ha tenido hijos y los ha abandonado a la puerta de un hospicio”, fue de los primeros en responderle: “Jamás se desplegó tanta inteligencia para querer convertirnos en bestias”.
Rousseau ya se había ganado unas cuentas enemistades entre los científicos y los letrados de la alta alcurnia con su primera obra, “Discurso sobre las ciencias y las artes”, en la que afirmó, “Mientras el gobierno y las leyes proveen lo necesario para el bienestar y la seguridad de los hombres, las ciencias, las letras y las artes, menos despóticas y quizá más poderosas, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas que los atan, anulan en los hombres el sentimiento de libertad original, para el que parecían haber nacido, y les hacen amar su esclavitud y les convierten en lo que se suele llamar pueblos civilizados”.
Pasados dos siglos y varias décadas más, a la esclavitud de la gloria que denunció Rousseau en 1750 se le sumó la esclavitud de la costumbre, y de alguna manera, diversos círculos que abogaban por la libertad perdida y enterrada retomaron sus distintas obras, sus conceptos, y abogaron, como él, por el buen salvaje.
Palabras más, palabras menos, para Rousseau el hombre era libre al nacer, pero la sociedad con sus imposiciones lo encadenaba. Cuando explicó en sus “Confesiones” los motivos por los que había entregado a sus hijos a un hospicio, dijo que su razón, “a menudo ha bendecido al cielo por haberles librado así de la suerte de su padre y de la que les amenazaba cuando me viese obligado a abandonarles”.
Ya entonces era consciente de sus propias cadenas, y muy a su modo, luchó para no imponérselas a nadie. Según sus críticos y los estudiosos del romanticismo, por sus ideas, su vida, sus declaraciones y confesiones, Rousseau fue un punto de quiebre para que el “yo” surgiera de su especie de prisión. Las primeras anunciaban ya otros tiempos: “Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo”.