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A Pedro Luis le informaron que el bus que lo llevaría a la Plaza de Lourdes lo podía tomar en la Séptima, dos cuadras hacia abajo de donde estaba.
Él agradeció, casi monosilábico para que no descubrieran que era extranjero, y se fue con su maletín al hombro, “cuesta abajo”, como en el tango de Lepera y Gardel. Cuando llegó a la gran avenida que, la verdad, no lo era tanto, buscó un paradero. Caminó una, dos, tres cuadras. Por fin vio uno. se acercó. Leyó que en una de las paredes de la caseta había una publicidad para mujeres, pero ni rastro de rutas, números, líneas, calles, plazas o colores. Preguntó de nuevo, y de nuevo le respondieron que sí, que por ahí pasaba el bus. Se sentó. Vio pasar buses y busetas y microbuses de todos los tonos, con letreros de letras pequeñas y grandes, verticales y horizontales, que nombraban lugares y avenidas sin ningún tipo de orden. Suba, Unicentro, Gaitán, La Floresta, avenida 13, Séptima, Floralia, Galán, y etcétera y etcétera.
“Le tiene que preguntar al chofer”, le dijeron. Él detuvo la buseta que le indicaron. Indagó. “Siga, siga”, le ordenó el conductor y le señaló el asiento a su lado. “Son mil pesos”. Pedro Luis buscó un lugar para dejar las monedas del pasaje. Se las mostró al chofer, que las agarró y se las entregó a un pasajero que acababa de entrar como parte de unas vueltas. El señor manejaba, recibía dinero, entregaba las vueltas, esquivaba a otros buses, pitaba, oía las noticias, fumaba y conversaba. “¿Pero a usted le toca hacer todo esto siempre?”, lo interrogó su acompañante de ocasión. “Pues claro”, contestó. “Estas no son condiciones dignas de trabajo para nadie, usted debería afiliarse a un sindicato”, ripostó Pedro Luis, poco antes de golpearse contra el vidrio panorámico del bus por una frenada intempestiva del chofer, que luego le expulsó con un tajante “a usted qué le importa. Sírvase bajar de acá”.
