Escribo en una vieja máquina Olivetti de los 80 la historia de un hombre que escribe a máquina. Siento que cada letra es indispensable, y que si no oprimo la tecla que es, nadie va a solucionar mi error. Me siento al borde del abismo, y debajo del abismo no hay colchones que me salven. Ni sabios correctores de carne y hueso, ni robóticos diccionarios de computador. Cada palabra sale como decido que salga, y aparece en el papel como la escribí. No hay tiempo para las excusas, por lo tanto, cada frase tengo que construirla primero en la mente. Y ahí le doy vueltas. Y más vueltas. Acomodo una palabra allá y otra acá, y de tanto repetirlas y construirlas, voy encontrándoles su pasado, su razón de ser, su origen. Todas las palabras surgen de un alguien y un algo. Tienen una historia y un recorrido, y de alguna manera esa historia y ese recorrido pasan por mi mente, bajan a mis manos y luego aparecen en un papel.
El sonido de las teclas me lleva a una canción, y trato de escribir al ritmo de esa canción, tac, tac tac taaaaac tac tac tac taaaaac. La cinta en rojo y negro en la que golpean las letras de hierro me recuerdan a Rojo y Negro, y a Stendhal, por supuesto. Leo lo que voy escribiendo, una y mil veces, para encontrar la siguiente palabra. O un nombre. Y busco ese nombre en una enciclopedia para que quede como es. Tolstói, por ejemplo. En esa búsqueda me topo con otros nombres y otros personajes, y leo sus historias y veo sus fotografías, y se me ocurren algunas ideas nuevas para mi texto, porque en el pasar hojas y hojas en busca de Tolstói me quedo embelesado con la vida de Pushkin, que murió por un duelo en el año de 1837 y fue perseguido por haber sido parte de los “decembristas”, un grupo liderado por algunos poetas y artistas que pretendían tumbar al zar Nicolás I.
Escribo Pushkin, y cuando voy en la k, tarareo Natalie, una canción de Gilbert Bécaud que hablaba de un café Pushkin y de Moscú. Busco el disco, leo en la carátula que Bécaud fue uno de los referentes de la nueva música francesa en los 60, y mientras dura la canción, creo de nuevo en el amor que todo lo puede e imagino los viejos amores de Pushkin, cuando el amor era un pacto que se sellaba para siempre, con más voluntad que sentimentalismos. Entonces veo las teclas de la Olivetti y la cinta. Miro el papel de mi texto y leo que he escrito ya una cuartilla. La arranco y la dejo a un lado. La miro, y mientras la repaso, voy comprendiendo que lo que está ahí es lo que va a quedar de tantas y tantas cosas. Lo que está ahí, lo escrito, es mi mirada de las cosas, con mis palabras y mis ritmos de vieja máquina de escribir, tac, tac, tac taaaaaac, y, sobre todo, con los procesos que se desprenden de escribir en una vieja máquina de los años 80.