Para ella era obvio que él intentaba simular tranquilidad cuando escondía sus manos temblorosas entre los bolsillos de su chaqueta de trasantepenúltima moda, por eso no quiso ofrecerle ni café ni agua y aguardó en silencio, tensa, a que él le confesara las razones por las que había huido, tanto tiempo atrás.
Lo observó de reojo para no amedrentarlo cuando él repasó la fotografía enmarcada que cinco años antes ella misma había colocado sobre la mesita de entrada a su casa, y comprobó luego, al observarlo con minuciosidad, que los ojos del señor del retrato eran los ojos de aquel viejo. “No sé qué decirte”, murmuró él de repente. “Podrías comenzar por contarme por qué nos dejaste”, le respondió ella. “Me venció el vicio, y después, la culpa, y el miedo”, dijo entonces el viejo, luego de una larga pausa en la que se le atravesaron miles de imágenes. Su boda, el nacimiento de aquella chiquilina que ahora lo confrontaba, la última noche en casa, sus años como caminante de la calle, la droga, el trago, algún amor pasajero, las riñas, los muertos que vio y después calló, la perdición en aumento, y aquella lejana mañana en la que se tropezó con su hija, ya adolescente, y ella, asustada, lo evitó con gesto de pánico y se escapó.
Todos los días, desde aquel día, él la vio acercarse al paradero del bus de la escuela, llevada de la mano de su madre. Y en las tardes, vigiló que nada extraño le ocurriera al llegar de clases. Ella se dio cuenta pasada una semana, pero entre el temor y la curiosidad dejó que pasara el tiempo, porque en algún momento, pensaba, él le diría quién era. Por eso, la tarde en la que se le acercó y le dijo que él era su padre, que lo perdonara, que le diera una cita, que conversaran, que tantas otras cosas, ella asintió y lo invitó a tomar onces en su propia casa, “a las tres en punto porque mamá no está a esa hora”. Entonces don Arturo buscó su mejor vestido, se cortó el pelo y se afeitó como pudo, y ella, Natalia de las Cruces, se arregló con primor para que su padre viera lo linda que era y sufriera su belleza. “Estás hermosa”, lo escuchó decirle la tarde de su cita, pero para ese instante ella ya no quería saber de bellezas, sino de historias, de pasado, de decisiones y equivocaciones, de rupturas. “Bueno, me marcho –anunció, sorpresivo, el viejo–, sólo quería confesarme contigo, que supieras que no había muerto”.