No todo era fiesta en aquella casona de La Candelaria pintorreteada con letreros antiamor, antivida y antimundo, medio derruida y destartalada para que los policías pasaran de largo y no molestaran con sus requisas pagadas por la competencia.
No todo era fiesta allí, no, pese a la música que retumbaba —Kiss, Pink Floyd, U2 y cosas así—, a las risas locas e histéricas de ciertas mujeres y a las voces extranjeras que por momentos ni se entendían entre sí. A Jerónimo Zart le habían dicho que tocara a la puerta con una clave y preguntara por don Jesús, y le habían asegurado que ya dentro se encontraría con lo que quisiera con tal de que no indagara si aquello era un hotel, una posada, una casa privada, una de citas, una antesala del infierno u otro esperpento.
Él obedeció. Pasadas las 10 de la noche tocó a la puerta de la casona en la que según le dijeron, muchos años y siglos atrás habían quemado a dos mujeres acusadas de herejía y magia negra. Cuando la señora regordeta que le abrió lo llevó a la sala principal, atravesando un patio empedrado, Zart intentó buscar el lugar en el que habría podido haberse ejecutado la sentencia de los tribunales eclesiásticos. No pudo imaginar una escena como la que le habían relatado. Tampoco preguntó, no preguntó nada, tal como se lo advirtieron. La señora lo dejó en la sala, una sala semioscura con varios sofás dispersos por ahí, las paredes repletas de cuadros, fotografías y recortes de prensa enmarcados, una barra larga y antiquísimos adornos dispuestos en mesitas auxiliares. Dos señores hablaban en una esquina. Un hombre de negro se le acercó para ofrecerle una especie de carta de licores. Zart eligió un martini y aguardó sentado en un sillón. Tomó un libro, la biografía del Duque de Alba, y encendió un cigarrillo. Leyó:
EL GRAN DUQUE DE ALBA, Fernando Álvarez de Toledo, Nació en 1508. Sabio Político; General completo, terror de Italia y de Flandes: Concluyó su gloriosa carrera conquistando á Portugal, y falleció en el año de 1583.
Recordó, vagamente, que en el colegio había leído la historia de la Guerra de los 80 años entre España y Flandes, y que en aquellos remotos textos que nunca supo dónde terminaron, el Duque de Alba aparecía como un sanguinario general que había instaurado una Santa Inquisición en las tierras que luego serían Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Después, algún curioso extranjero le contó que a los niños holandeses los amenazaban con que llegaría el Duque si no se portaban bien. Zart vio reproducciones de la época de Álvarez de Toledo. Su rostro anguloso, barbado. La rendición de Breda de Diego Velásquez, una imagen de la batalla de Heiligerlee (la primera de la Guerra). El señor de antes le llevó el martini. Entonces, como una señal mágica comenzó a sonar la música. Queen a todo lo que daban los parlantes, The Rolling Stones, Elvis Presley. Surgieron mujeres por doquier, señores solos, parejas. Infinidad de martinis. La noche fue madrugada y mediodía. En la tarde Jerónimo Zart supo que Holanda y España jugarían la final de la Copa del Mundo.