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A doña G le explotó la Segunda Guerra Mundial en plena adolescencia y en Alemania. Acababa de cumplir entonces 16 años.
Quería ser filósofa, pero tuvo que aguardar muchos años, pasar muchos temores y recorrer mucho mundo para graduarse. Una noche llegaron los gendarmes por ella. Huyó como pudo. Corrió, se subió en camiones invisibles, se escondió en cunetas y pastizales. Lloró, tal vez para el resto de su vida. Un día le ofrecieron un pasaje para niños en un barco semipirata que llegaría a América. Ella lo compró con los marcos que había guardado. El tiquete era falso. Todo era falso. Sin embargo, logró colarse. Cuando la descubrieron iba en medio del océano sin saber para dónde.
Semanas más tarde, nunca supo cuánto tiempo con exactitud, arribó a La Habana, un lugar del que jamás había oído hablar. Allí la acogió Fulgencio Batista. La hospedó en un hotel y la protegió como pudo y hasta cuando pudo, pero el 1° de enero del 59 llegaron “los barbudos”. Batista huyó y ella terminó en Buenaventura. Luego llegó a Bogotá. Trabajó, estudió, se afianzó. Con el tiempo se compró un edificio, y con el tiempo, 16 años atrás, quiso venderlo. Logró que le devolvieran uno por uno los apartamentos que había arrendado, pero al final una señora que les tenía pánico a los gatos se le rebeló. No se quería ir. Doña G supo lo del gato y se compró uno. Negro, peludo, brillante. Pocos días más tarde la rebelde le comunicó que se iba. Ella, feliz, le dijo a su mucama que ya podía devolver al minino. “Así es la vida, a quien nos ayuda lo echamos cuando nos soluciona los problemas”, le dijo su empleada. Doña G la miró con sorpresa, y luego con culpa. Aún vive con el gato.
