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El más feliz del mundo

Fernando Araújo Vélez

08 de noviembre de 2008 - 10:00 p. m.

El carro se reventó de un solo golpe, como en cualquier tira de dibujos animados, con el estruendo correspondiente y la mirada atónita de los curiosos, que de ninguna forma iban a ayudar. Observaban, murmuraban, se decían los unos a los otros “qué cosa tan terrible, pobre tipo”, pero nada más.

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La ira de verlos e imaginarlos me fue desbordando aún más que el temor de sentirme tirado a las siete de la noche en pleno centro de Bogotá. Los pitos y los madrazos de buses, taxis, camionetas y demás perforaron cada milímetro de mi sangre. Para aliviar tanta presión, recordé la idea de Salomé y Alejandro, mis hijos, de instaurar un buitre en el baúl del carro que surgiera con los pitos de los conductores, que se fuera inflando según la intensidad del sonido y emitiera al final un graznido de película de terror.

Luego leí una nota perdida de periódico: “La Policía brasileña multó a un hombre llamado Rafael Andrade, de profesión ingeniero, por conducir un automóvil a 880 kilómetros por hora, y no aceptó el recurso que presentó el sindicado al alegar que es imposible alcanzar esa velocidad”. Su furia debía ser mayor que la mía y eso me tranquilizó un poco, aunque sólo hubiera sido por dos segundos, porque los pitos y los insultos continuaban, como si yo me hubiera varado a propósito. Pensé hasta en grabar tanta agresividad para llevarles la cinta a aquellos que suelen afirmar que los colombianos somos los seres más felices de la Tierra.

Quise, como lo hizo un amigo alguna vez, acercármele a uno de los cientos de buseteros que no podían soportar mi carro averiado para proponerle una especie de trueque: Señor, hagamos una cosa, le doy mis llaves y dos destornilladores, usted intenta arreglar mi carro, pone cara de no saber qué ocurre y yo me monto en su bus, le grito y le pito. No hice nada de eso, por supuesto, más allá de llamar, implorar, maldecir y reírme, pues a fin de cuentas no había nada malo en que fuéramos los más felices del mundo.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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