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El muñeco equivocado

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Fernando Araújo Vélez
09 de agosto de 2008 - 07:32 a. m.
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Días antes de que un simple error determinara cómo iba a vivir el resto de sus días, don Augusto había dicho que lo emocionante de Bogotá era que en cualquier momento podía ocurrir cualquier cosa.

“Lo bueno, lo malo y lo etcétera”, dijo y sonrió, para después comentar de pasada que la ciudad estaba tan llena de extravagantes realidades, que no hacía falta ni mentir. Sus hijos solían comentar que era un hombre paranoico, que cuando iba por ciertos lugares a los que denominaba “zonas rojas” por algún pasado que jamás explicó Chapinero, La Macarena y el Tequendama, miraba constantemente hacia atrás y aceleraba el paso, y si entraba en alguna cafetería o restaurante se hacía el tonto para buscar debajo de las mesas algo que, por lo visto, jamás encontró.

“Es que durante un tiempo papá fue periodista, periodista judicial, y uno de tanto escudriñar en folios y expedientes termina por ver fantasmas”, explicaban. Él, por su parte, repetía dándole todo el crédito a Mao que “Quien abre los ojos ya no vuelve a dormir tranquilo”. Jamás lo pudieron ver dormido.

Tal vez fueron sus insomnios los que le dañaron para siempre el pulso, hasta el punto de que una pinza de hielo y una hielera eran un drama que terminaba, sin remedio, en un reguero de cubitos. Nunca lo pudieron ver tranquilo del todo. Cuando no entendía una frase, lo desesperaban las mujeres, sobre todo las mujeres, que le repetían la parte que él precisamente había oído bien. Lo angustiaban las bicicletas, siempre a punto de desplomarse, y las motos y los buses, y las bacterias que bailoteaban en y por fuera de ellos.

Fue uno de esos pestilentes, ruidosos, asesinos y descoloridos buses bogotanos el que se detuvo a su lado en la 13 con 57 un martes en la mañana. Un muchachito que iba colgado del espejo derecho se bajó y de la puerta trasera surgieron otros tres. Ninguno tendría más de 16 años. Lo levantaron como a una pluma. Lo cargaron y metieron dentro del bus, lo tiraron al pasadizo, lo amordazaron.

El chofer arrancó a mil, como siempre, carrera 13 hacia el sur o hacia ninguna parte, pero en la mitad del camino sus cómplices le gritaron que parara, que los iban a matar, que todo había sido culpa del Taladro. “Nos equivocamos de muñeco, man”, dijo el del espejo. Entonces soltaron a don Augusto, quien desde ese día, y cada vez que relata su errado secuestro, remata con un irónico “El hecho de que seas consciente de tu paranoia no quiere decir que no te estén persiguiendo”.

 

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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