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El número 34

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Fernando Araújo Vélez
06 de diciembre de 2009 - 04:00 a. m.
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El tipo se subió al bus con la desidia de quienes ya no tienen nada que perder. Iba de pantaloneta, franela y tenis, con unos guayos descoloridos colgados del cuello, el pelo revuelto y la mirada distante.

Se desparramó encima de un asiento seguido por un amigo que abrió las ventanas que pudo de par en par. “No hermano, yo ya no doy más, lo mejor será cambiar de vida”, dijo en una seguidilla casi inaudible el de las desidias, y se miró las manos, como si en sus manos estuvieran las respuestas que buscaba, como si en sus manos hubieran estado las razones que lo habían frustrado.

Su amigo le dijo que sí, que la vida era difícil, que habría que rebuscárselas. Le seguía la corriente. Qué más podía hacer si el tipo de las manos llevaba con la misma cantilena días y semanas. Que iba a dejarlo todo, que ya no aguantaba, que además, lo carcomían las culpas cada vez que lo vencían, y encima, desde el suicidio de Robert Enke tenía la excusa perfecta para regarse en lamentos. El lamento borincano, murmuraba el amigo cada vez que el otro comenzaba. Entonces repetía mentalmente todas y cada una de las palabras que don Desidias iba diciendo, desde sus comienzos en el Club X a los 14 años, pasando por su época de esplendor, allá en Soacha, cuando llevó a su cuadro al campeonato del barrio a punta de atajar penaltis, hasta su traspaso al equipo de RN poco antes de cumplir 17.

Iba a tragarse el mundo. RN, luego C, después la Selección, y más tarde, Argentina o Europa, pero no. El mundo se lo tragó a él. O el fútbol, mejor. Lo devoró porque el profe siempre prefirió a otros, y así año tras año. En la próxima será, le decían y se decía él. Y mientras tanto a la banca, haciendo cara de que todo iba bien, de que él era uno más del equipo, de que trabajaba por el equipo y era amigo del titular. Las pocas veces en que algún periodista se le acercó a preguntarle, respondió que su club era una familia, que todos iban hacia adelante. Mentira, triple mentira, viejo, dijo en tono airado el día del bus. Nunca me aguanté ser suplente, y menos aún, ser suplente del suplente del suplente. Es decir, haber terminado como el cuarto arquero de un equipo sin ningún rumbo. Quién iba a seguir de esa manera, decía y volvía a decir. Poniéndose toda esa ropa y los guantes para sentarse 90 minutos en una tabla y después quitarse el buzo con cara de sonrisa cuando lo que deseaba era estrangular al técnico, al arquero, a los otros dos porteros y a los 10 jugadores de campo que sí eran titulares. Una pesadilla, murmuró luego de un prolongado silencio, y más aún, teniendo que ir por la vida con este número 34 sin personalidad en la espalda.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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