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En “La tejedora de coronas”, y por boca de su protagonista, Genoveva Alcocer, Germán Espinosa escribió que “Para comprender el temperamento y los ideales que movían a mi amigo el joven François-Marie Arouet, habría que considerar el odio o mejor la repugnancia que en él habían llegado a inspirar las ideas de su padre, el notario François Arouet, hombre en extremo puritano que, por influencia de los hermanos Arnauld y amparado en la Paz Clementina, pensaba que la naturaleza humana había sido irreparablemente corrompida por el pecado original y que, de esta manera, al no ser capaz la humanidad de resistir ni la concupiscencia ni la gracia divina, Jesucristo no podía haberse inmolado para redimir a toda la cáfila de hombres, sino sólo a aquellos predestinados a la salvación, entre los cuales creía contarse ese buen burgués (…)”.
Luego afirmaba que Voltaire, como se llamaría tiempo después, detestaba tanto a su padre y de paso su infancia, que aseguraba haber sido hijo “más bien de algún cancionista popular, ya fallecido (…)”, y que ese odio lo había llevado a transformarse en un “tenaz opositor del prejuicio y de la intolerancia, en un acérrimo enemigo de lo sobrenatural y de los dogmas religiosos, en un cultor de la razón, cuya vida escandalizaba a su familia (…)”. Pasados varios años de su relación con Genoveva Alcocer, y ya por fuera de las páginas de Espinosa, Voltaire escribió entre decenas de libros, cartas y panfletos anónimos sobre la historia de los primeros cristianos y los más de 50 evangelios que relataron la vida y la muerte de Jesús, unos, más olvidados que los otros, unos más enterrados que los demás. Algunos contaban la historia de Jacobo, su hermano, hijo del primer matrimonio de José, y unos cuantos misteriosos aspectos de la Natividad.
Hubo versiones que diversos investigador le atribuyeron a Tomás de Aquino, y versiones en árabe y versiones con manchas de sangre y las de aquellos primeros cristianos que formaron la iglesia original de Jesucristo, que para Voltaire, “Formaban una república aparte, un Estado dentro del Estado; carecían de templos y de altares, no realizaban ningún sacrificio, no practicaban ceremonias públicas. Escogían secretamente a sus superiores por pluralidad de votos; y estos, con las denominaciones de ancianos, sacerdotes, obispos y diáconos, administraban la bolsa común, cuidaban a los enfermos y apaciguaban todas las disputas. Consideraban como una vergüenza y un crimen pleitear ante los tribunales y alistarse en la milicia; y durante cien años, ni un solo cristiano tomó las armas en el imperio. De este modo, retirados y desconocidos de todo el mundo, burlaban la tiranía de los procónsules y de los pretores, y vivían libres en medio de la esclavitud pública”.
