Cada vez que Juan Pedro se colgaba su saco azul marino y se perfumaba, sus compañeros en el trabajo le preguntaban para dónde vas, y le hacían una que otra broma inocente, pero él, imperturbable, siempre terminaba por responderles que “al otro mundo” y se iba con su misterio a cuestas.
Así ocurrió durante varias semanas, y si la pregunta volvía a repetirse una y otra vez, era fundamentalmente porque la respuesta caía en el olvido. Una tarde, alguna señora lo interrogó sobre aquel “otro mundo”. Él le dijo que era una tienda, nada más que una tienda. Ella no le creyó. Prefirió quedarse con las versiones enigmáticas que circulaban por los pasillos. Por ellas, por aquellas versiones, dijeron, María Teresa había comenzado a ver y a percibir a Pedro Juan de otra manera. Lo idealizó. Se enamoró del sujeto que quiso imaginar. Si él decía va a llover, ella lo interpretaba como una señal metafísica de desastres por llegar. Si él, como lo hizo una noche, anotaba en una libreta los kilómetros que su carro había recorrido y hacía una conversión para determinar que cada metro le había costado, por decir algo, 600 pesos, ella pensaba que era un hombre organizado, “un hombre, como diría luego, digno de cultivar”.
Un viernes, algunos meses después, venció sus ancestrales prejuicios de “una mujer no debe tomar la iniciativa y etcétera”, y lo invitó a Cartagena. Él aceptó, feliz, y fiel a su espíritu, organizó la ropa que llevaba por colores, tamaños y moda en un armario, y unas cuantas cremas, jabones y revistas con fotografías de playas, palmeras y océanos. Luego salió a conocer el mar. Se sentó sobre las murallas y se le pasaron las horas, hasta que anocheció y regresó con la mirada perdida, circunspecto, frío. Era un hombre más allá de la desilusión, dijeron quienes lo alcanzaron a ver, comenzando por María Teresa, quien una noche, desesperada, intentó sacarle alguna palabra. “Es que ni el mar ni las palmeras son como me los habían pintado”, dijo. El mar no era azul como en sus revistas. Las palmeras no eran verdes.