Fue una infidelidad como cualquier otra. Un bar, algunos tragos, la música. Ella le pidió que bailaran. Él, gentil, se levantó y le ofreció su mano.
Se besaron, aunque luego ninguno de los dos recordara quién tuvo la iniciativa. Se rozaron y algo más, y en la madrugada se fueron al apartamento de ella. Saludaron al portero, don Ariosto, y se perdieron entre la penumbra, con algo de música y otros tragos. Él se marchó con la luz de la madrugada, cargado de recuerdos. Ella durmió, entre feliz y culpable, porque el hombre con quien había estado era el novio de su mejor amiga. ¿Se lo diría? ¿Ella lo descubriría?
A las ocho de la mañana salió a trabajar. Llamó a su amiga para tantearla. Todo iba bien, normal. Llamó a su nuevo amante para decirle que lo quería, y por debajo, para advertirle que no se le pasara por su loca cabeza la descabellada idea de contarle nada a nadie. Él la tranquilizó. Por la noche regresó a su casa, pero aminoró su ritmo cuando vio luces y carros como de policía frente al portón de entrada. Pensó que ya su amiga lo sabía todo, que la estaba buscando, que la había denunciado. Recordó tantos y tantos crímenes y locuras por celos. Tembló. Sin embargo, enfrentó la situación. Timbró, saludó a don Ariosto y puso cara de qué habrá ocurrido acá. Entonces preguntó, mientras observaba de reojo a los detectives y agentes que iban y volvían con cámaras y libretas. “Fue un robo”, le dijo don Ariosto. “Y me han inculpado a mí”, aclaró. Ella quiso consolarlo, mostrarse triste, pero la alegría la traspasaba.