La noche, el trago, los cigarrillos, el no tener nada que perder y el no querer ganar nada lo fueron llevando de cuadra en cuadra.
Y vio las mujeres de tacones inmensos que bamboleaban su cartera, los zorreros, los borrachos, los curiosos, los poetuchos que ese miércoles salieron a celebrar sus victorias que eran derrotas, y todos ellos le hicieron una especie de callejón de honor para que no tuviera otro remedio que entrar al bar de Josefa. Se ubicó en una mesa contra la puerta, al lado de un afiche del Che. Nadie lo sintió, nadie lo percibió.
Él era un testigo sin forma de aquel escenario sin libretos por el que deambulaban, se mezclaban, unían y rechazaban cinco o seis decenas de sujetos sin nombre cargados de pasado. Cuando sonó un tango, Naranjo en flor, por citar alguno, siete u ocho lo cantaron desgarrados, con la nostalgia y el dolor de cada palabra apretándoles la garganta. “Después... ¿qué importa el después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado, eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”. Cuando luego Sabina cantó “porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”, otros tantos se mataron por 20 ó 30 segundos, en esa diminuta y eterna muerte que sólo regalan las canciones.
A las seis de la mañana salió por la Jiménez, “cuesta abajo en su rodada”, sintiéndose abrazado por los tipos de antes, que caminaban a su lado como hologramas y cantaban con su voz como fantasmas. Dos horas más tarde, por fin, se durmió en el rellano de la iglesia de San Francisco, envuelto en “Un periódico de ayer”.