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El mayor de los riesgos cada fin de semana era que yo no tuviera nada que hacer, porque la contemplación me llevaba al disparate, y el disparate, la mayoría de las veces, al peligro, como aquel sábado a comienzos de los 90 cuando me subí a un destartalado bus en la Caracas y un señor dejó caer algunos volantes que anunciaban una pueblerina corrida de toros en La Calera. De pronto me dejé llevar.
Puro y desnudo aburrimiento. En menos de dos horas, me bajé de un colectivo en la Plaza Central del pueblo, pregunté por la corrida y unos borrachines me señalaron el camino, un tortuoso camino enlodado y marcado por las huellas de innumerables llantas de camión.
La figura principal de la velada era un garboso torero venido a menos que había tenido sus tiempos de gloria 15 ó 20 años antes. Alguien me dijo que se había derruido por el alcohol y las mujeres: enésima biografía de un fracaso, como hubiera escrito Luis Eduardo Aute. En un recodo lo vi pasar, seguido por su cuadrilla. Le pregunté si podía acompañarlo. Me respondió que sí. Hacía años que deseaba seguir a un torero en esos preámbulos de una corrida que siempre imaginé medio místicos, medio terroríficos, tensos. Fueron así. El matador se encerró en una habitación, rezó dos padres nuestros, abrió la Biblia, hizo un silencio de miedo, se abrazó con sus subalternos y al final gritó un profundo “olé” para despercudirse el pánico.
Entonces salió hacia al ruedo, vestido de viejas luces grana, arropado por una desteñida capota amarilla y rosa. La madera de las graderías crujía, se bamboleaba. Yo recordé aquel toro que se escapó de un camión en pleno centro de Bogotá y mató a un hombre que bajaba en un ascensor. Recordé a otro que en México se había subido a las tribunas, nunca supe bien cómo. Sonó un pasodoble algo desafinado. El cartel de aquella tarde hizo el paseíllo de rigor. Yo aún no había alcanzado a refugiarme detrás de los burladeros, cuando oí las exclamaciones del público ante la fiereza del primer toro, que se llevó por delante a un banderillero, continuó, destrozó las endebles tablillas de un callejón, se metió por el pasillo donde yo caminaba y al pasar a mi lado me golpeó, o sopló, en el hombro. Yo caí fulminado, claro, tal vez para contar después que un toro de lidia me había arrollado en una desabrida corrida de pueblo.
