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El sonido de los años

Fernando Araújo Vélez

02 de marzo de 2024 - 09:10 p. m.

Escuché un piano muy a lo lejos. No sabía de dónde llegaban los acordes, la melodía, pero de alguna manera, imaginé que en ese sencillo piano, en su música, estaban todos los demás pianos de la historia, y que su sonido era el resultado del sonido de miles de miles de pianos, desde el primero, de Bartolomeo Cristofori en 1711, una innovación sobre el clavicémbalo, hasta el más reciente, pasando por el que tocaba Beethoven al final de su vida en 1819, cuando inmerso en su mundo, escuchando las notas de “La tempestad” en la cabeza, no oía que el Broadwood que tocaba estaba desafinado, ni veía a la gente que había ido a admirarlo y se preguntaba con sus múltiples gestos de extrañeza qué había ocurrido.

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Aquel sonido que llevaba en su mente Beethoven fue una especie de preámbulo del que tocó Brahms en su piano la noche en que le arrojaron basura mientras estrenaba su primera sinfonía, y fue también, el telón de fondo de Chopin, siempre tan romántico de romanticismo siglo XIX, siempre tan lánguido, tan enamoradizo, apasionado y melodioso a la vez, tan él, tan trágico y sensato que a punto de morir, pidió que quemaran todas las partituras de sus creaciones. Fue el alma rusa de Sergei Rachmaninov, y después, en plenos años de mil novecientos y tantos, el primer origen de decenas de cientos de canciones que se tocaban en vivo y luego se grabaron en vinilos, y más tarde en cintas, y después pasaron al espectro de la red.

Y fue, con el pasar de los años, el “primer sonido” del jazz y del soul, del rock and roll y de la salsa, un sonido bestial en las manos de Richie Ray, un modo sentimental en las de Duke Ellington, y un nostálgico eco de los amores imposibles de Billy Joel, “Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien”. De La tempestad y los furores de Beethoven, pasó a ser calma también, y pasión, y un carrusel de sensaciones sin descripción, uno o varios motivos para vivir o para morir, para crear otras músicas, y se mezcló con otras músicas, con otros colores y manifestaciones, y con cada nueva nota, con cada nuevo viaje, sumó más viajes, notas y sonidos, lecciones, historias e historia, y se convirtió en un gran pozo de saberes y ensayos, de supuestos errores y trepidantes aciertos que de una u otra forma, estaban adheridos a aquel piano que escuché entre taladros, pitos y martillos hace unos días ya.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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