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Emile Zola estaba en Roma cuando los periódicos franceses que de vez en cuando hojeaba publicaron las primeras noticias sobre “el caso Dreyfus”, en 1894. Dijo luego que en un comienzo no le llamaron la atención, pero que luego, a partir de 1897, empezó a atar ciertos cabos y llegó a la conclusión de que la condena al capitán Alfred Dreyfus por espionaje, su degradación, obligándolo a arrancarse sus insignias y el uniforme, su aislamiento en la Isla del diablo, frente a las costas de la Guyana Francesa, y la ignominia que padeció y que parecía no tener fin, eran como mínimo sospechosos. Los hechos se habían iniciado en 1894, cuando alguien del servicio de inteligencia del Ministerio de Guerra francés interceptó una carta sin fecha escrita a mano que alguien sin nombre le había enviado al agregado militar de la Embajada de Alemania, el conde Max von Schwarskoppen, en la que le informaba que en los siguientes días le enviaría varios documentos confidenciales militares.
De inmediato, el ministro de Guerra, Auguste Mercier, dio la orden de que se abriera una pormenorizada investigación. Pasados unos días, determinó que el “culpable” debía provenir del cuerpo de artilleros, y señaló que el espía era Alfred Dreyfus, pues era ingeniero politécnico, artillero, y originario de Alsacia, un territorio lindante con Alemania que había sido centro de distintas batallas a lo largo de la historia, y donde las relaciones entre los franceses y los alemanes eran comunes. Fuera de todo, Dreyfus era judío, “y ese solo hecho se convirtió en evidencia definitiva e incontrastable”, como escribió en 2014 Fernando Tinajero en el prólogo de la colección “Literatura y Justicia” del libro “Yo acuso”, de Zola, publicado por el Consejo de la Judicatura de Ecuador. De allí en adelante se sucedieron distintas diligencias que pretendían darle a la investigación un cariz de legalidad, con informes y testimonios falseados, rumores no comprobados, pruebas grafológicas avaladas por peritos que ni siquiera eran grafólogos y demás.
Como era previsible, un consejo de guerra condenó al capitán Dreyfus, pero uno de sus hermanos, Mathieu, decidió por su cuenta y riesgo empezar a investigar. Incluso, los chismes de la época divulgarían que había ido a una sesión con una médium para que la ayudara a desenredar la madeja. Mientras Mathieu Dreyfus acumulaba testimonios y pruebas y revolvía archivos y papeles, el servicio de inteligencia nombró como director al coronel Georges Picquart, que entre idas y vueltas se topó con un telegrama enviado por el conde Von Scharskoppen al comandante francés Ferdinand Walsin Esterhazy, seguido de una carta. En silencio, descubrió que Esterhazi le vendía información al gobierno alemán, y escribió un profuso documento al Estado Mayor, pero allí le respondieron que aquella era una “cosa juzgada”, y trasladaron al coronel a Oriente y más tarde, a Túnez. Entre habladurías y secretos, el hermano del capitán Dreyfus se enteró de lo que había ocurrido, y contactó al amigo del amigo del amigo, que era periodista.
Logró que varios escritores se interesaran por la historia y después, que Le Fígaro publicara el telegrama que había interceptado Picquart, “le petit blue”, como lo llamó la prensa. Un banquero que se apellidaba Castro identificó la letra de la carta con la de un deudor suyo, el comandante Esterhazi. El caso se abrió de nuevo, pero de nuevo el Estado Mayor habló de que “la cosa juzgada es tenida por verdad”. Zola, que ya había publicado más de veinte libros en los que retrataba con rigor científico los pormenores de la sociedad francesa, había escrito varios artículos para denunciar las irregularidades, y el 13 de enero de 1898 logró que el diario L’Aurore le publicara en su portada una carta abierta al presidente, Félix Faure, con un título que pasó a la historia: “J’Accuse”, y en donde entre tantas otras cosas, decía, “En cuanto a las personas a las que acuso, no las conozco, nunca las he visto, no les guardo rencor ni odio. Son para mí sólo entidades, espíritus de malversación social”.
Zola fue demandado por calumnia y condenado a un año de prisión. En su juicio, leyó su “Yo acuso”, y aclaró que poco le importaba que lo condenaran si con ello lograba que Francia se enterara de la perversión y negligencia con la que actuaban sus gobernantes, su sistema judicial y el ejército. Se exilió en Londres, retornó a París y falleció en septiembre de 1902. Las autoridades que investigaron su muerte dijeron que había sido por un escape de gas por una obstrucción en la chimenea de su casa. La mayoría de las 50 mil personas que fueron a sus funerales murmuraban y gritaban que lo habían asesinado. Pasados seis años, el capitán Alfred Dreyfus fue dejado en libertad.
