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La escena la habían repetido hasta la saciedad en el sótano de un edificio del centro, con poca luz, menos enseres y un pequeño gusto por lo caótico.
Una y mil veces, la estrella lírica terminaba su interpretación, hacía gesto de drama, cerraba los ojos en señal de esto se acabó, y simulaba lanzarse por un balcón. Una y mil veces decía fuera de libreto que a la noche siguiente sí se suicidaría ante la reiterada petición-orden del director. Que estaba cansada, que había cosas que no era necesario ensayar, como una caída, que le dolía la espalda. En fin. Sus excusas eran en todos los tonos y de todos los colores. Eran los años, dijeron luego. Era su actitud de vedette, reclamaron algunos de sus compañeros.
La verdad fue que nunca ensayó toda la escena. El día del estreno sonrió con ironía cuando el director se lo recordó, para luego indicarle por señas que no se hiciera problemas, que las cosas iban a salir mejor que bien. Estaba feliz. En medio de una pausa, relató otro debut de otra obra con otros protagonistas. El señor A debía, en un instante dado, asesinar a uno de sus lacayos. Lo insultó, lo empujó y buscó con su mano derecha una pistola, pero la pistola no estaba, a alguien de la utilería se le había olvidado entregársela. El gran señor maldijo en voz baja, ante la mirada expectante del público. Volvió con sus insultos, se le acercó al lacayo, lo estrujó. La orquesta tocó un severo ¡pum!, el ¡pum! que le correspondía a su disparo. Él torció la historia inventándose decenas de ¡pums! más y se lanzó hacia su enemigo para ahorcarlo, al compás de otros ¡pums! que, diría después, fueron el toque surreal de la obra.
La cantante se calló. Escuchó el primer timbre para ir a los vestuarios. Se cambió. Estaba hermosa, más hermosa que nunca, comentaron al día siguiente algunos de los espectadores. Entonces descorrieron el telón y ella ingresó en el escenario, plena, radiante, perfecta. Cantó sus primeras frases. Su voz inundaba el teatro, iba y regresaba y se metía en todos los rincones. Subió a su habitación en la escena. Salió al balcón. Se lanzó como no lo había practicado, pero a alguien de la utilería se le había olvidado el colchón.
