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Evita, muerte y estatua

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Fernando Araújo Vélez
04 de octubre de 2008 - 04:50 a. m.
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Tal vez aquella señora que se detuvo ante la estatua de Eva Perón, y luego se arrodilló y se sentó en pose de trastorno, jamás había ido a Buenos Aires.

Tal vez ni siquiera había sabido que durante años, otra mujer como ella se dedicó casi que día y noche, a vigilar la tumba de Evita en el cementerio de La Chacarita. Yo no la interrumpí. Hubiera sido un irrespeto de mi parte tocarle el hombro, sacarla de su mundo, y decirle, por ejemplo: “Disculpe, señora, ¿por qué la abruma tanto esta estatua?”. La vi a unos metros, distante hasta cierto punto para que no se asustara. A fin de cuentas, que un caminante vigile a una mujer de bien por un parque de Bogotá a las seis de la tarde un martes, no debe ser muy relajante. De pronto sacó un libro rojo, pesado, marcado por todos lados con papelitos de colores, y después una libreta y un lápiz. Leía y anotaba. Observaba los rasgos de Eva Duarte de Perón y volvía con sus notas. Seguro conocía de memoria todas y cada una de las escenas de su vida. Se le notaba la fascinación, y su fascinación contagiaba.

Comenzó a anochecer cuando la señora recogió sus cosas y se marchó, calle 122 hacia abajo. Yo me fui para el otro lado. Corrí como pocas veces en la vida en busca de una librería. Supuse que todas cerraban a las siete de la noche, pero no lo pude constatar porque entré a una cinco minutos antes, y ya ahí, más relajado, busqué alguna biografía de Eva Perón. Entonces su vida empezó a trastornarme a mí. Su vida y su muerte, porque Evita murió de cáncer a los 32 años, en 1952, y la orden del presidente fue que todas las emisoras del país anunciaran su deceso. “La Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia de la Nación cumple el penosísimo deber de informar al pueblo argentino, que a las 20:25 ha dejado de existir la señora María Eva Duarte de Perón, jefa espiritual de la nación”.

En ese instante comenzó el tiempo del duelo. Todos de negro, todos en silencio, filas y filas de gente que aguardaba días para verla por última vez y arrojarle una flor en su ataúd. Jamás pudo descansar en paz. La embalsamaron por orden de su esposo, Juan Domingo Perón, y sin embargo, la tuvieron que esconder por más de dos años en un viejo mueble de la sede de los militares para que los opositores del presidente no se aprovecharan de su imagen, para que sus “cabecitas negras”, aquellos descamisados a los que había ido a defender y visitar hasta en tiempos de lepra y contaminación, no le arrancaran pedazos de pelo, una uña, un jirón de piel. Una noche se la robaron.

Años más tarde la sepultaron como una tal María Maggi cerca de Milán. Los peronistas secuestraron y hasta mataron para que les dijeran dónde estaba. Un día de otoño del 71 la sacaron. La llevaron a Madrid y la depositaron en el último piso de la casa donde vivía exiliado su ex marido, apenas unos escalones arriba de la cama de María Estela Martínez, la esposa que la sucedió. Su cadáver tenía asomos de acoso. La devolvieron a Buenos Aires en el 74. Algunos dijeron que para cortarle las manos y, con sus huellas, abrir ciertas cajas fuertes repletas de dinero. Por eso en su tumba siempre estaba aquella señora tan parecida a la que vi aquel sábado en la tarde. La protegía.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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