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Ella misma decidió dónde quería cenar la noche de su cumpleaños número 9. Eligió la mesa, feliz, a medio camino entre una terraza que daba a la calle y un salón posterior rodeado de inmensas pinturas de pianistas coloridos que siempre terminaban por fascinarla.
“Así seré yo”, decía Salomé, para luego preguntarle a su hermano Alejandro si a él le gustaba el cuadro, y entre los dos inventarse mil escenas fantásticas a partir de una canción. Dejó su último regalo, un gigantesco y peludo oso panzón encima de la mesa, recibió la carta para hacer su pedido con la boca del osezno metida entre las fotos de las hamburguesas, y le preguntó si “le gustaría a usted, señor don oso, unos lomitos de pollo con papas en espiral”.
Entonces yo la vi mientras continuó hablando, aunque no le oía la voz, y vi que miró hacia su izquierda en busca de su hermano para que le aprobara su elección, pero tampoco oí nada, porque unos metros más hacia la calle la gente comenzó a botarse al piso, y silbaban los gritos y se resbalaban los miedos. Cuando percibí a Claudia, nuestra cuarta invitada, tirada en el suelo y bajo la mesa, tomé del brazo a Alejandro y lo jaloné, pues él, de espaldas a todo, no comprendía nada de nada. Salomé ya estaba protegida por un muro, abrazada a su oso. De una u otra forma, cada uno esperaba el estruendo de la bomba que nunca explotó. Hubo silencio y más silencio. Pasados no sé cuántos minutos que fueron no sé cuántas vidas un tipo se levantó y salió. Le informaron que tres pistoleros en moto le habían disparado a una señora que salía de un banco, y que un sujeto que se perdió después los ahuyentó, también a punta de bala. La mujer estuvo tendida en la acera de la 116 casi con 15 un cuarto de hora, con una pierna destrozada y semiinconsciente. Quienes la rodearon sin tocarla para no meterse en problemas dijeron que no habló. Las sirenas chillaban. “Esta es como la ciudad de El Padrino”, dijo Salomé.
Feliz cumpleaños.
