Poco antes de que Fernando González Ochoa falleciera, el 16 de febrero de 1964 en Otraparte, su casona de Envigado, Gonzalo Arango, uno de sus discípulos, de sus amigos, contradictor y cómplice de sus ideas al mismo tiempo, y en fin, uno de sus solitarios elegidos, escribió que había sido “odiado por quienes no lo comprendieron, por quienes se escandalizaron con su verdad desnuda. Él no odió a nadie, no quiso ofender a nadie: sus ofensas no eran a personas o instituciones, sino a la vanidad en ellas. Si la verdad duele, es porque mata en nosotros la mentira de que vivimos”. Unos años antes, Gabriela Mistral leyó algunos de sus textos y dijo que lo habían sacudido hondamente. “Hay en él una riqueza tan viva, un fermento tan prodigioso, que ello me recuerda la irrupción de los almácigos en humus negro. ¡Es muy lindo estar tan vivo!”.
Ernesto Cardenal se preguntaba: “¿Quién es Fernando González?”, y respondía: “Es un escritor inclasificable: místico, novelista, filósofo, poeta, ensayista, humorista, teólogo, anarquista, malhablado, beato y a la vez irreverente, sensual y casto… ¿Qué más? Un escritor originalísimo, como no hay otro en América Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa”. Era místico, aunque lo hubieran condenado desde su adolescencia por ateo. Era antioqueño hasta en sus sueños, pero, como él mismo admitió, escribía para “lectores lejanos”. Lo llamaban maestro y sus discípulos se ufanaban de tenerlo siempre cerca, y lo citaban y lo recordaban, más allá de que él pretendiera buscar solitarios. Lo tildaron de malhablado y grosero, pero él escribía con las palabras del pueblo y el acento del campesino.
Para él, la verdad, su verdad, estaba por encima de la patria y de todo. Incluso de sus propios recuerdos. “Yo era blanco, paliducho, lombriciento, silencioso, solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba, y me revolcaba en el caño cada vez que peleaba con los de mi casa”. En realidad, peleaba contra todos y contra ninguno, y amaba y padecía por aquellos que jamás habían sido capaces de amar. Cuando corrió el rumor de que en 1956 había sido candidato al Nobel de Literatura, pero lo habían borrado de la lista luego de haber consultado con Félix Restrepo, presidente de la Academia Colombiana de la Lengua, quien lo calificó como “rebelde y de lenguaje escandaloso”, escribió una nota en sus cuadernos en la que se dolía de la condición humana y se preguntaba qué sería de su intimidad si le dieran ese premio.
“Más bien creo que éste es algún sueño inventado por Gonzalo Arango o por Rojas Herazo —escribió—. Y si fuere cierto, ¿qué gano yo? ¿Qué saco yo con que eso guste o no? Vanidad, pues mañana me iré, pronto me iré. Y olvidado, y si no soy olvidado, a mí qué, estaré o lejos o en ninguna parte. ¿Qué a mí fuera de la Intimidad?”.