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Cuando aquella mujer me llevó del brazo a un lugar apartado con gesto de trascendencia, yo pensé que iba a contarme algo grave. Que me habían botado de la universidad, por ejemplo, o que alguien me buscaba por alguna cuenta pendiente. Por eso le respondí que sí y mil veces que sí a su invitación para el viernes siguiente.
“En mi casa, Avenida Suba con 128, viernes 16 de diciembre, ocho de la noche, no se te olvide, cuento contigo”. Me sonrió con un beso en la mejilla y yo tracé un imaginario mapa para ir a la gran fiesta. Una fiesta era una fiesta, como decía Rubén Blades. Allí encontraría una mujer bonita tal vez. O trago, o alguna canción que me marcara, o alguien que se supiera y cantara a vivo grito conmigo “tu amor es un periódico de ayer, que nadie más procura ya leer…”. Los días pasaron veloces.
Antes de salir para la casa de Josefina elegí unos cuantos discos y los guardé en un viejo maletín que me colgué del hombro. Veinte minutos antes de las ocho iba yo por la 127 hacia abajo. Cantaba con una orquesta invisible Pedro Navajas, El día de mi suerte o Calle luna, calle sol.
Llegué en punto de las ocho. Me abrió la hermana de Josefina, vestida de rosado, lazos, encajes y seguro, lentejuelas. Me miró zarrapastroso, como yo iba, hizo un gesto de desdén y me dijo que pasara, que “Josefa” ya bajaba, y me ofreció un sillón rosado que cambiaba de tonos según los reflectores que iluminaban toda la sala, desde donde vi, dos minutos después, a decenas de invitados que iban apareciendo, todos inmaculados, sacos de rombos, zapatos de hebilla, vestidos de lazos y brillos. La sala se llenó. Bajó Josefina, en tonos amarillos y verdes, demasiado maquillada para tanta y tanta luz.
Dijo gracias, sacó un librito y comenzó a leer la Novena. Yo jamás había oído algo semejante, quizá porque los diciembres los había pasado en una finca, rodeado de caballos, perros y gatos. No entendí nada. Ella murmuraba, y los demás cantaban cosas desafinadas del estilo VeeEEEEnnNNnn VenneeEEeen Veen. Los ven, Veeen duraron como una hora, ¿o tres? Yo me reventaba de ganas por un trago, pero sólo pasó un mesero que repartía vasos de plástico con hielos desleídos, como si en aquella casa no hubieran trabajado jamás con hielo, un milímetro de vodka y dos gramos de Tang de zanahoria. A las diez empezó la fiesta, con anuncio incluido: “Ahora le daremos inicio a la fiesta”.
Los invitados se levantaron. Josefina se acercó a mí, me tendió una mano que yo le di, claro, por suprema educación, y sonó la primera canción, a plena luz, que fue un mosaico infinito de piezas bailables al estilo La pollera colorá, instrumentadas. Era la orquesta Los Diplomáticos. Luces, violines en vez de tamboras, el vestido amarillo de Josefina. Si no exploté en átomos fue porque, iluso, aguardaba el instante de mis discos, pero mis discos con el maletín se los habían robado.
