Quería ser futbolista, pero el entrenador de la Universidad de Princeton lo rechazó. Quería irse a la guerra, probar la guerra, el miedo, la audacia, tener un arma siempre al lado y soñar con el amor de una mujer, Zelda Sayre, pero cuando estaba listo para partir, en 1918, la guerra terminó. Quería ser escritor y lo fue a medias, porque como él mismo dijo, era “un escritorzuelo de Hollywood” y a medias escribía en serio, y a medias se prostituía. Quería ser amado, y más que ser amado, quería amar a Zelda Sayre, pero unos meses después de que se comprometieran, ella rompió su promesa porque él no era “lo suficientemente hombre” y empezó a vivir varias vidas al tiempo y se gritaron hasta que dejaron de escucharse. Entonces escribió “A este lado del paraíso” y de un día para otro se vendieron cien, quinientos, mil, diez mil y cincuenta mil ejemplares.
A los 25 años, Francis Scottt Fitzgerald se volvió uno de los personajes célebres de los Estados Unidos de los locos años 20, y de una u otra manera quedó inmortalizado en la era del jazz. Viajó a París varias veces y allí, en el salón literario de Gertrude Stein, conoció a Ernest Hemingway, se hizo amigo de él y lo admiró y bebieron noches de whisky y de vino y fumaron y escribieron y hablaron de literatura, y años más tarde, a mediados de los 30, cuando le publicaron “Suave es la noche”, le escribió una carta a Hemingway para que le dijera qué pensaba, y entre tantas otras cosas, Hemingway le respondió, “Por Dios, escribe y no te preocupes por lo que dirán ni te preocupes por si será una obra maestra o no”, y, “Olvida tu tragedia personal. Cuando tengas el maldito dolor, úsalo, no hagas tonterías con él. Sé tan fiel al ver tu dolor como lo sería un científico”.
Scott Fitzgerald no tuvo ni voluntad ni tiempo para ver su tragedia personal desde lejos. Intentó olvidarla de borrachera en borrachera y de enamoramiento en enamoramiento, inmerso en sus propias lástimas y en sus derrotas sin fondo. Para él, muy a pesar de lo que le había dicho Hemingway, lo que le ocurría, su padecer y sus evasiones, incluso sus delirios y los relatos que contaba sobre una prima, Mary Surrat, a la que habían sentenciado a la horca en 1865, condenada por haber hecho parte de un movimiento que pretendía asesinar a Abraham Lincoln, eran la realidad de su vida. La literatura apenas le alcanzaba para evadirse. Como escribió en 1925 en “El gran Gatsby”, una novela que pasó de lo rutinario a lo clásico después de que él falleciera a fines de 1940, “Así seguimos adelante, barcos contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.