Sus frases taladraban. Eran, fueron, verdades absolutas que no se podían discutir, precisamente porque una de las más importantes era “no seas atrevido”.
Atreverse era ser irrespetuoso, y ser irrespetuoso se pagaba con un correazo o un bofetón. Atreverse era poner en duda la autoridad, heredada por gracia de cualquier Dios, de los mayores, y dudar de ellos era dudar de Dios, y dudar de Dios era sacrilegio, y el sacrilegio era la vía expedita para terminar en el infierno, y el infierno, decían ellos, era la condena eterna a fuego lento, dentro de una eternidad que apenas se iniciaba después de que un pájaro hubiera desocupado la arena de todos los mares de la tierra con su pico, grano tras grano, y de un fuego lento que jamás se apagaba, que hería y quemaba, pero infortunadamente no mataba.
Sus frases eran, fueron, hierros candentes que jamás se borrarían. “Los hombres no lloran”, por ejemplo. “A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una flor”, por ejemplo. “Tienes que ser hombre y llegar a ser alguien”, por ejemplo. “Tu rebeldía es un pecado de juventud”, por ejemplo. Cada frase fue una sentencia, un latigazo cuyas consecuencias jamás llegaremos a conocer del todo. Nos hicieron lo que fuimos, aunque con el tiempo decidiéramos, en medio del dolor, romper con todo y concluir, al menos racionalmente, que los hombres sí lloran y deben hacerlo; que las mujeres no son intocables y que sueñan muy a menudo con una caricia; que somos alguien desde que nacemos, el centro de nuestro propio mundo, y que la rebeldía no debe morir jamás, pues no es de tontos e ingenuos rebelarse, y no hacerlo es, simplemente, jugar el juego que más les conviene a los dueños del mundo.
Frases, sentencias, un cúmulo de palabras que se juntan y se transmiten para que unos mantengan su poder y para que otros, advenedizos, sueñen y luchen por él, aliándose con el enemigo y despreciando al amigo de toda la vida si es necesario. En el medio quedamos usted y yo, quizás, y un montón de ingenuos, todos marcados por frases que, creímos, fueron dichas con inocencia, pero que hoy, después de tanto tiempo, estamos seguros, fueron pronunciadas por interés y con interés.