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Friedrich Hölderlin, el poeta de la torre y la locura

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Fernando Araújo Vélez
26 de julio de 2026 - 11:10 a. m.
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Los doctores de las ciencias médicas determinaron que sufría de esquizofrenia catatónica y que debía permanecer en permanente reposo, que era como decir, permanente encierro. Friedrich Hölderlin vivió los últimos 36 años de su vida enclaustrado en la torre más alta del castillo de la familia del carpintero Ernst Zimmer, construida en el siglo XIII en la ciudad de Tubinga. Tiempo atrás, a finales del siglo XVIII, Zimmer había leído su libro “Hiperión o el eremita en Grecia”, una novela epistolar que Friedrich Schiller le había ayudado a publicar, y desde entonces conversaba y cuidaba hasta donde podía de aquel poeta que hablaba de un sentido para la vida que sólo podía encontrarse en la unión con la naturaleza y de su amor imposible por Sussete Gontard, a quien solía confundir con la Diotima que le había enseñado lo que era el amor a Sócrates.

Desde aquella torre, que pasó a la historia con su nombre, Hölderlin veía el más allá a través de las corrientes del río Neckar, y a veces cantaba y a veces gritaba, y generalmente escribía, siempre bajo el pseudónimo de Scardanelli. De cuando en cuando lo visitaban algunos estudiantes del colegio de Tübinger Stift, donde él había cursado algunos años, antes de entrar a la carrera de Humanidades en la universidad, y dos aprendices de escritores, Wilhelm Waiblinger y Eduard Mörike, cuyos encuentros con Hölderlin fueron descritos en 1914 por Hermann Hesse en un relato que permaneció inédito más de cincuenta años, y que tituló “En la casa del jardín de Pressell”. Zimmer lo había acomodado en el primer piso, luego de haberle hecho una visita en el sanatorio, y de haber conversado con el director, el doctor Johan Autenrith.

Más tarde, escribiría que había visitado a Hölderlin, “y sentí mucha pena por él, al ver que un espíritu tan bello y espléndido se desvanecía. Como ya no se podía hacer nada más por Hölderlin en la clínica, Autenrith me sugirió que lo acogiera en mi casa, ya que no se le ocurría un lugar más apropiado”. Muy a pesar de sus desvaríos, o en algunas ocasiones por ellos, Hölderlin consideraba que debía enviarle ciertos mensajes a la gente que estaba más allá de su torre, al mundo, llenarlos de sentido, o por lo menos, de la idea de que era urgente empezar a encontrarle un sentido a la vida. En un poema que tituló “Vida más elevada”, escribió: “Puede así el hombre conocer entonces el sentido de la vida. Nombrar su meta lo más alto, lo más elevado. Saber que uno es el sentido de la humanidad y de la vida. Considerar que el más alto sentido es la más noble vida”.

En sus Poemas de la torre, o de la locura, con la llamaron algunos tiempo después, volvió una y mil veces a la Naturaleza. Decía y escribía y leía en griego, en alemán y latín, “Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,/ sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,/ mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días/ y lejana yace la oscura pregunta de la duda”.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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DONALDO MENDOZA M.(67774)Hace 4 minutos
Cómo hallar el sentido de la vida desde la locura. Nada más original y sorprendente.
Marco Aurelio Arango(96110)Hace 45 minutos
Buena columna.
Gines de Pasamonte(86371)Hace 1 hora
Trajiste a mi memoria, Fernando, el célebre encierro del ingenuo y apasionado Fabricio del Dongo en “La cartuja de Parma” de Stendhal, aunque los motivos del encierro fueron diferentes, por supuesto, uno real y el otro ficción en la pluma de un gran escritor. ¡Excelente columna!
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