Fue negro alguna vez: cuando era pobre. Le gustaba repetir aquella frase de Joe Louis y añadir, después, que jamás había dejado de ser pobre pese a los millones que había conseguido como cantante de orquesta, y que sería negro, negro humillado, marginado y despreciado hasta el día de su muerte.
Se reía con una risa entre sarcástica y resignada, consciente de que “en el juego de la vida”, como cantaba Daniel Santos, él había perdido una y otra y otra vez, por no decir que siempre. Perdió porque el dios de los blancos era blanco y porque quienes tuvieron la libertad y los medios para escribir la historia, también fueron blancos.
Reseñaron las guerras de los griegos, las gestas de Alejandro Magno, las grandezas de Aquiles, las hazañas de Aníbal, no las revueltas de los negros, no su lucha por emanciparse. Volvieron inmortales a George Washington, a Abraham Lincoln, a Bolívar y a San Martín, a Robespierre, no a los guerreros que ellos ponían en el frente de los batallones, a los tipos como él que daban la vida y ganaban batallas porque no tenían alternativa. Era la guerra o la esclavitud perpetua. La guerra o la tortura. Y así lucharon y así murieron, los primeros de la fila.
Perdió porque después de la liberación fue poco menos que imposible borrarles a los blancos lo que por años y años, siglos, les habían inculcado. Que los negros eran el demonio, que los negros eran el pecado, que eran brujos, que eran traicioneros, que no sabían leer ni escribir. Ninguno se preocupó por enseñarles, pues, a fin de cuentas, al sumirlos en la ignorancia los sometían de por vida. Manejar la ignorancia fue parte de su poder y lo sigue siendo. No era que el negro no pensara; era que ellos no permitían que pensara. “Actúa, negro, actúa, que yo pienso”, le decían.
Él también fue culpable de lo que ocurrió. Él y todos los demás, porque se dejaron tentar en algún momento con paraísos individuales, y creyeron que eran verdaderos. Olvidaron, y en el olvido se dispersaron. El blanco los compró y ellos se aislaron, cada uno por su lado. Un día cualquiera, las modas, otras caras y otros ritmos, la ley del mercado, en últimas, apartaron a Juan de Jesús Carrillo del escenario. Entonces volvió a ser negro.