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Una parte de la leyenda se construyó alrededor de unos versos que Antonio Machado tenía en el bolsillo de su abrigo cuando falleció, el 22 de abril de 1939. Decían, “Estos días azules y este sol de la infancia”. Su infancia había sido un patio de Sevilla, como había escrito, y fue su hermano Manuel, y jugar con él, y después, cuando pasaron los años, escribir con él, para él a veces, y discutir sobre una coma, un punto o una palabra y reunirse en cualquier habitación para inventarse juntos una historia de amores y rompimientos. Su infancia había sido Manuel Machado y con Manuel Machado, más allá de que luego de su muerte los eternos adeptos a los vencedores y los vencidos los hubieran ubicado en veredas opuestas y se hubiesen encargado de regar el mito de que se habían traicionado y se odiaban.
Manuel fue a Colliure, Francia, para saber de su hermano poco antes del final. Según algunos de los investigadores de sus vidas, Antonio Machado le dijo en voz muy baja, trémula, los versos del sol de su infancia, pero más allá de una teoría o de la otra, o incluso de las dos, lo cierto fue que muy a pesar de sus enfrentamientos políticos, siguieron unidos hasta el final. Antonio tuvo que huir del bando franquista por la Costa del Sol y diluirse en aquella posada del Hotel Bougnon-Quintana de aquel pueblito entre los Pirineos. Manuel se había quedado tres años casi que infinitos en Burgos, encerrado, amenazado y hasta humillado por los republicanos. La Guerra Civil había estallado mientras él y su esposa visitaban a una hermana. Por no decir que era falangistas, los republicanos lo tacharon de sospechoso.
“El mundo se debate hoy con un ataque a toda libertad entre dos dictaduras, la capitalista y la colectivista, la burguesa y la proletaria, entre fascismo y comunismo. Ambas igualmente enemigas de la individualidad, ambas igualmente, para mí, detestables”, había escrito en 1933 para el diario “La Libertad”. Pudo ser por la presión que debió soportar de los republicanos, por la falta de aire, por el miedo, pero luego de Burgos y de que lo encarcelaran, Manuel Machado se transformó. Su mujer, Eulalia Cáceres, habló con los altos mandos y con los medios y logró una especie de arreglo a cambio de que Machado se convirtiera definitivamente y de que escribiera algunos versos a favor del nuevo régimen. Llamó a Franco el “caudillo de la nueva reconquista” y le dedicó un poema, “Al sable del caudillo”.
“Esta es mi cara y ésta es mi alma: leed. /Unos ojos de hastío y una boca de sed…/ Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe…/Calaveradas, amoríos... Nada grave, /Un poco de locura, un algo de poesía, / una gota del vino de la melancolía…”. En “Manuel Machado o la edad de la poesía”, un documental que hizo y dirigió Miguel Ángel García Arango sobre él, su sobrina, Mercedes de Lecea, eligió entre sus obras “Retrato”, su confesión y relato, y más allá de sus preferencias, se preguntaba allí mismo por qué un hombre anticlerical, versado, bohemio, amigo de Rubén Darío y conocido de Oscar Wilde habría tomado partido por el bando de Franco.
