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Cinco años antes de su muerte, Jacques Derrida habló, se mostró, caminó, pensó, confesó e intentó encontrarse consigo mismo pese a que muy bien sabía que cada Yo era un fantasma por buscar y no encontrar.
Eran los primeros días de enero del año de 1999, y había accedido a colaborar con un documental que pretendía rodar la poeta, ensayista y cineasta Safaa Fathy, “Por otra parte, Derrida”. Allí, iría mezclando sus pensamientos, sus teorías y algunos de sus textos con su vida, la vida y los lugares que lo marcaron. Entre tantas otras cosas, dijo que escribir implicaba excluir, porque en cada palabra había una elección, y cada elección dejaba por fuera miles de millones de otras palabras. Incluso, de imágenes, de abstracciones y relatos.
Aún así, él escribía y afirmaba que al escribir se resistía y al mismo tiempo era totalitarista. Por un lado, liberaba y se liberaba, y por el otro, encarcelaba y se encarcelaba.
Derrida se declaraba marcado por su niñez y su adolescencia en El-Biar, la Argelia francesa, y por su sangre judía sefardita originaria de Toledo y más que nada, por su circuncisión, que condensaba todo. Incluso, a principios de los 90 escribió un libro que tituló “Circunfesión” en el que admitía que su gran proyecto de vida, como simple ser humano, o como pensador y notario de hechos y de historias, era hacer un gran trabajo sobre la circuncisión, y sin embargo, confesaba que desde que se lo propuso había sido consciente de que jamás lograría su propósito del todo, en parte porque necesitaría de 100 o 200 libros para expresar lo que había imaginado o bosquejado, y en parte, porque tendría que exponer las huellas, las marcas, las consecuencias que aquel hecho habían dejado en su vida, y que con el paso de los días surgirían más y más, en una infinita ecuación.
Para Jacques Derrida, su Yo había estado atravesado siempre por imposibles. Decía, afirmaba que si escribía, lo hacía para buscar una identidad, pero que todas las identidades estaban cruzadas por lo incierto. “Si el Yo existiera, no lo estaríamos buscando”, aclaraba, para después preguntarse si alguna vez alguien en la historia de la humanidad había podido encontrar su Yo. Derrida era un hombre fantasma en busca de fantasmas que había querido ser futbolista, como Albert Camus, argelino como él y uno de sus referentes, pero una tarde de lecciones, a los doce años, un profesor del Instituto Ben Aknoun lo atacó por su sangre y sus ancestros y Derrida respondió, y en pleno régimen de Vichy, tuvo que soportar el dolor de la exclusión y la expulsión. Entonces comenzó a leer y a escribir y a pensar, y descubrió a Nietzsche, a Hegel y a Rousseau y a Gide, y se marchó a París.
Allí, entre idas y vueltas, conversaciones, escrituras, lecturas, debates e incluso conflictos, descubrió las vidas y las maneras de pensar y de enfrentar el mundo de Heidegger, Kierkegaard y Louis Althusser, su maestro en la École Nórmale Supérieure de París, y más tarde, su amigo. “Sólo hablo un idioma, y no es el mío”, diría, como haciéndoles una reverencia a todos aquellos que habían influido en él, sus fantasmas, que de algún modo estaban más vivos para él que los vivos, y eran más poderosos, más aterradores.
