Jacques Kerouac parecía tener contados los minutos en tiempos en los que sesenta segundos eran una hora o algo más. Vivía al borde, al límite, aunque jamás hubiera logrado saber al borde o al límite de qué, y así escribía, a borbotones, desnudándose y desnudando el mundo, un poco como Flaubert, pero sin quedarse toda la vida en la cama, como dijo un día. Alguna vez contó que cuando comenzó a crear historias, se la pasó un día entero de tachón en tachón y de corrección en corrección, hasta que dejó una sola frase de todo su trabajo, pero a esa frase le hacía falta vida. O emoción. O delirio. En otra ocasión relató que sentía que perdía el tiempo incluso cuando escribía a máquina y tenía que cambiar de hoja. Cada pausa era una idea de menos, una palabra olvidada, un recuerdo muerto, una sensación enterrada.
Un día, Julien Carr, un amigo al que había defendido de que lo hubieran acusado de asesinato por allá en el año de 1944, le llevó un rollo de papel que había sacado de su trabajo en la Afp, pesado y amarillento, como aquellos que se usaban en las agencias de noticias para recibir los teletipos de los miles de reporteros que contaban lo que ocurría en el mundo, y se lo regaló para que no perdiera ni un segundo. En uno de esos rollos, y a borbotones, Kerouac, Jean-Louis Lebris de Kerouak, como se llamaba en realidad, escribió “En el camino”. Duró dos semanas seguidas, día y noche, noche y día, dándole al teclado, según relataron tiempo después sus amigos beatniks, Allen Ginsberg, William S. Burroughs, Neal Cassady, protagonistas de primer o segundo orden de su novela, y Carr, por supuesto, quien afirmó que apenas si hacía una pausa para dormir.
Era ingenuo, comentaban, y a la vez, una tromba. Decía lo que pensaba y lo escribía, sin medir las consecuencias. “Creo que habría que escribir, en la medida de lo posible, como si uno fuera la primera persona de la tierra y describiera humilde y sinceramente lo que ha visto, experimentado, amado y perdido, sus pensamientos fugaces y sus pesares y anhelos; y esas cosas deberían decirse evitando cuidadosamente frases corrientes, el empleo trivial de las palabras vulgares y demás. Habría que combinar Wolfe, Flaubert y Dickens”. Estaba en la lista de los sospechosos de siempre de Edgar J. Hoover y el FBI, y también, en las de su madre, ‘Mémère’ en sus libros, que todas las noches le hablaba de una nueva conspiración que se tejía contra él, o de los comunistas, o de los judíos, o de los liberadores, o de los blancos, o de los azules o rojos o verdes o amarillos.
Cuando falleció, a los 47 años, y prácticamente de ebriedad aguda, tenía en su cuenta bancaria algo más de 90 dólares. Como diría George Best, otro beatnik pero que sólo jugaba al fútbol, Kerouac se había gastado su fortuna en viajes, hoteles de carretera, licor y fiestas. El resto, lo había malgastado.