Era un hombre que se vestía y caminaba a la penúltima moda, tal vez porque siempre estaba pensando más allá de las modas. Se llamaba John Dewey, usaba anteojos sin montura, un bigote entre poblado y descuidado, y hablaba con un acento lento, pronunciando con dicción cada letra. Algunos años después de su muerte, en junio de 1952, el filósofo Larry A. Hickman dijo que Dewey “Fue amado, honrado, vilipendiado y ridiculizado como quizás ningún otro filósofo importante en la historia de los Estados Unidos”. Para entonces, ya eran parte de la historia sus debates con Bertrand Russell y Arthur Lojevoy, sus libros, “Cómo pensamos”, “El arte como educación”, “Escuela y sociedad”, su convicción sobre la necesidad de que la ciencia y sus descubrimientos se encaminaran hacia la educación de los niños, y su idea de que esa educación debía partir de las diferencias de los niños entre sí.
Dewey era diferente. Creía en la diferencia. La reverenciaba. Pensaba que la igualdad era una falsedad, un imposible en todo sentido, además, y que el otro, los otros, eran fuentes de sabiduría y de enseñanza porque eran distintos. Por ello, los educadores y los padres de familia, la sociedad en general, debían trabajar en descubrir lo diferente de cada niño y potenciarlo. Multiplicarlo. De acuerdo con lo anterior, pensaba que en la experiencia, en el mismo vivir, se hallaban la clave del aprendizaje. Más que memorizar, mucho más que aprenderse de la a A la Z la geografía o la historia y recitarlas como loros, lo sustancial era apropiarse de los conocimientos para comprenderlos, y así, transformarlos. Cuando decía y escribía, “Creo que la educación es el método fundamental del progreso y la reforma social”, se refería a las escuelas y universidades, pero sobre todo, a la voluntad de aprender.
La vida, el futuro, las relaciones, la historia, se transformarían si desde niños, los humanos comenzaran a ser solucionados de problemas, y actuaran más por intereses, por motivaciones, que por miedo, y decididamente, mucho más desde la cooperación que desde la rivalidad y la competencia. “La educación no es preparación para la vida, la educación es la vida en sí misma”, repetía desde sus tiempos de profesor de filosofía en la Universidad de Chicago, a finales del siglo XIX, y añadía que el conflicto, el odio, la animadversión, el resentimiento, eran “el aguijón del pensamiento”. Para sustentar sus teorías, afirmaba que la historia de la humanidad, por ejemplo, bien se podría comprender desde un vestido de algodón: “Se puede concentrar la historia de toda la humanidad en la evolución de las fibras de lino, algodón y lana hasta convertirlas en ropa”.