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Kafka en busca de Goethe y de Schiller

Fernando Araújo Vélez

08 de marzo de 2026 - 06:10 a. m.

Franz Kafka comenzó a escribir sus Diarios en 1910, motivado por su amigo Max Brod, y llevado por la apatía. A finales de año plasmó en sus apuntes su estado de ánimo por aquellos tiempos: “La verdad es que soy como de piedra, soy como mi propio mausoleo; no queda ni un resquicio para la duda ni para la fe, para el amor o para la repulsión…”. Llevaba meses sin escribir. Solo tomaba apuntes y soltaba frases dispersas en sus borradores. Se describía, se destruía e intentaba volver a construirse. A creer y a crear. Entonces decidió ir a la ciudad de Weimar, Turingia, para buscar una idea, por lo menos una idea, en el aire que respiraron Johann Wolfgang Goethe y Friedrich Schiller, y entre sus cosas y sus apuntes y en las habitaciones en las que escribieron, hallar un destello de luz, algo que le devolviera la literatura que había perdido.

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Llegó casi de noche. Dejó en el hotel sus maletas, y salió hacia la casa en la que tantas conversaciones sostuvieron Schiller y Goethe entre 1802 y 1805, en pleno centro de la ciudad, y donde Goethe escribió uno de sus poemas más trascendentes, “la elegía de Marienbad”. Cuando arribó, todo estaba a oscuras. Igual, él tocó los muros de la casona que había comprado Schiller en 1802 para impregnarse de algo sin nombre que aún estaba por surgir. De repente, y a través de una ventana, vio caminar a lo lejos a una muchacha, la hija del administrador. Al día siguiente supo que se llamaba Grete y conversó con ella. Tres años más tarde, la volvió personaje de “La metamorfosis” y la convirtió para siempre en la hermana de Gregorio Samsa. “Yo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa”, había escrito.

Su vida dependía de la literatura, y la literatura, su percepción de ella y su escritura, dependían de su vida. Mientras escribía hallaba algunos sentidos de vida y comprendía, se encontraba y huía y volvía a encontrarse y profundizaba. Por escribir, se había vuelto “reflexivo, lógico, suspicaz, formulador de preguntas, investigador”, como lo escribió Estanislao Zuleta, y por extensión, había asumido todos los riesgos de encontrar “otro sentido, desconocido en su punto de partida”. Uno de ellos era la culpa, que había atravesado y atravesó sus textos, y por ende, su vida. La literatura estaba atravesada por sus culpas, y al mismo tiempo, por sus luchas contra la culpa. Kafka se consideraba culpable de sus trabajos como abogado, de sus relaciones familiares, del odio o la animadversión que sentía hacia su padre, Herman Kafka, de haberle escrito y de no haberlo hecho antes.

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También, y más que nada, se sentía culpable por escribir para salirse desde la literatura de sus culpas. Durante los primeros días de enero de 1922, escribió: “Extraño, misterioso, tal vez peligroso, tal vez redentor consuelo de la actividad literaria: esta acción de salirse de las filas de los asesinos, la observación de los hechos. Observación de los hechos al crear una forma superior de observación; una forma superior que es más aguda y que cuanto mayor es su superioridad, tanto más inalcanzable es desde las ‘filas’, tanto más independiente se vuelve, tanto más propias son las leyes que rigen su movimiento, tanto más imprevisible, gozoso, ascendente es su camino”. De alguna manera, Kafka murió escribiendo y siguió haciendo literatura después de su muerte, el 3 de junio de 1924.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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