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De adolescente, Víctor Hugo escribió en una de las entradas de su diario que quería ser como René Chateaubriand, “Quiero ser Chateaubriand o nada”. Este, por su parte, se consideraba el mayor de los amantes, de los escritores y filósofos de su época, finales del siglo XVII, y primera mitad del XVIII. Hugo escribía de día y de noche, y si tenía tiempo antes de salir a recibir clases al Liceo Louis-le-Grand, también en las madrugadas. Sus profesores le temían y lo admiraban, y en más de una ocasión le devolvieron sus ensayos pues consideraban que eran tan profundos y estaban tan bien escritos que no podían ser de un estudiante. En 1827, poco después de haber cumplido 25 años, estrenó su primera obra de teatro, “Cromwell”, y en ella rompió con los manuales casi obligados de su tiempo.
Los críticos lo destrozaron, pero los espectadores más jóvenes y vanguardistas, y muchos literatos y músicos que empezaban a llamarse “románticos”, comenzaron a seguirlo, hasta que tres años más tarde presentó “Ernani”, una obra de amores muy románticos entre un forajido de Aragón y una noble, que se desarrollaba en varios espacios y días y en la cual varias tramas se desprendían de la principal. Todo lo contrario del clasicismo. La actriz principal, Françoise-Hippolyte Boutet, no estaba de acuerdo con todos los parlamentos, en especial, con uno que decía, “Sois mi león, altivo y generoso”. Ella pretendía que fuera “Sois mi señor, valiente y generoso”. Molesta, discutió en más de una ocasión con Víctor Hugo, pero no logró convencerlo y filtró el texto de la obra a la prensa.
La polémica comenzó, hasta el punto de que el 25 de febrero de 1830, día del estreno con la compañía del Théâtre-Français, ya tanto los periodistas como los críticos y parte de los espectadores habían tomado partido. La última de las maniobras de Hugo fue dejar a un lado a los habituales componentes de “la claque”, espectadores que aplaudían o gritaban, se levantaban o silbaban cuando el director se los indicaba, y conformó su propia “claque”, una “legión romántica”, como la llamó, entre quienes se encontraban Théophile Gautier, Hector Berlioz y Gérard de Nerval. Antes de que entraran al teatro, les entregó un sobre rojo con un papel dentro que decía: “La batalla que se va a entablar con ‘Hernani’ es la de las ideas, la del progreso. Es una lucha común. Vamos a combatir esta vieja literatura almenada, aherrojada”.
Más allá de la dramaturgia, de las actuaciones y del espectáculo, para Víctor Hugo era “la lucha del mundo antiguo contra el nuevo mundo”. Él, sus amigos y compañeros, su “claque”, eran “todos del mundo nuevo”. Desde muy temprano, agentes de la Policía de París se habían dispuesto para contrarrestar cualquier tipo de violencia que se presentara. Los románticos llegaron con varias horas de antelación. Lucían trajes de colores brillantes, pelucas provocativas, y entonaban pequeños cánticos a favor del “nuevo mundo”. A última hora, y muy en secreto, Hugo cambió algunos diálogos y decorados. Al final, el estreno fue acogido con reiteradas ráfagas de aplausos. Sin embargo, luego de que las fuerzas clásicas hubieran asimilado lo ocurrido, volvieron a la carga. Compraron parte del público, de los actores y de los periodistas.
En adelante, cada presentación de la obra fue un capítulo más de “la batalla de Hernani”, que incluso dejó a un estudiante muerto en duelo por defender a Víctor Hugo.
