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5 Sep 2021 - 12:08 a. m.

La carta que nunca llegó

El Caminante

Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura

Quiero seguir creyendo que por ahí, alrededor del mundo, hay miles de señores colgados de un inmenso maletín repleto de cartas, y que muchas de esas cartas deciden el destino de una vida, o incluso, el futuro de un país, o su no futuro, como ocurrió con una que le escribió Lenin a Trotski para que se hiciera cargo de la revolución de octubre cuando él se muriera, pero que su secretaria jamás envió. Por debajo de la mesa, decidió llamar a Stalin para contarle de la carta, y Stalin voló a mitad de la noche para ir en busca de aquella especie de testamento, lo rompió y se tomó el poder en Rusia. Quiero seguir creyendo que aún hay carteros, o mensajeros privados, por llamarlos de alguna manera, dedicados únicamente a su oficio, y que llevan de un lado a otro órdenes trascendentales, como la de Lenin que jamás le llegó a Trotski.

Quiero seguir creyendo que habrá nuevas películas sobre carteros y cartas, como El cartero llama dos veces, o el de Neruda en la isla de Capri, que llevaba poemas y regresaba con cartas de amor, o de desamor, que es casi lo mismo, que alguien hace canciones como Please Mr. Postman de las Marvelettes en los 60, o A veces llegan cartas que te dan la vida, que te dan la calma, y que otro alguien escribe alguna novela como Javier Marías y Así empezó todo lo malo, cuya trama se rompe por una carta-confesión-bomba que llegó a tiempo, pero su destinataria dijo que no y con ese no definió por siempre y para siempre su vida y la de su amante. Quiero seguir creyendo que entre los libros de las bibliotecas que queden hay cartas que son secretos que duran más allá de la muerte, y manuscritos perdidos como los de Rilke y sus Cartas a un joven poeta.

Por iluso, por idealista, por nostálgico o tonto, por todo lo anterior y por mucho más, quiero seguir creyendo que en este preciso instante, en un lejano rincón de alguna habitación, un hombre le está escribiendo una carta a un Querido y remoto muchacho, como lo hizo Sábato años atrás, y en ella le dice cosas como que “La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión”, o como “porque el triunfo es una especie de vulgaridad, una suma de malentendidos, un manoseo; convirtiéndote en esa asquerosidad que se llama un hombre público”. Quiero seguir creyendo, sí, que una tarde de estas llega un cartero con su pila de sobres y deja una carta remitida a mí en un buzón, y que en una hoja, escrita a mano, alguien me invita a recobrar la vieja autenticidad que exponíamos en las antiguas cartas.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual es editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com
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