La última mañana de su vida se levantó con una ilusión nueva metida en la piel. Por un día, por unas cuantas horas nada más, se alejaría de su oficina de gerente, de su rutina de citas, llamadas, juntas, negocios, problemas, soluciones y pedidos, y volvería a su pasado mundo de ladrillos, tejas, cemento, andamios, cascos y vidrio.
“Subió a la construcción como si fuese sólida, alzó en el balcón cuatro paredes mágicas, ladrillo con ladrillo en un diseño lógico, sus ojos embotados de cemento y tránsito”, escribió tres años más tarde Daniel Viglietti, seguro sin saber su historia, porque además, Jorge Gaitán Cortés no era un albañil como el protagonista de su historia. Había sido alcalde, era empresario, un hombre de mundo, nada que ver con las manos ásperas de los obreros.
Igual, como ellos, la mañana del 14 de agosto de 1968 se sentó a descansar en el andamio de una construcción en la calle 12 con 18, Bogotá, “como si fuese un príncipe”. Se habrá reído, habrá danzado imaginariamente, habrá tocado el cielo con sus manos pulcras. Los diarios publicaron al día siguiente la noticia de su muerte en primera plana. Incluyeron fotografías suyas sonriente, vestido con gabardina y rodeado por ministros y por el presidente Carlos Lleras Restrepo. “Gaitán se encontraba en un andamio aproximadamente a ocho metros de altura, sobre el tejado que da a las bodegas de papel. Al dar un paso sobre una teja de plástico, ésta resbaló, lo que hizo que el ingeniero perdiera el equilibrio cayendo violentamente sobre las bobinas de papel”, dijeron los periódicos.
“Murió a contramano entorpeciendo el tránsito”, cantó Viglietti después. Su albañil había amado aquella mañana como si fuese la última, y había besado a su mujer, también como si fuese la única. Tal vez como Gaitán, tal vez como tantos otros. Fueron una teja débil, una pisada en el aire, o una baranda desprendida las que propiciaron el final, en uno como en el otro. Y fueron la quimera de una vida distinta o la implacable repetición de actos y pensamientos las que los llevaron a los dos una mañana tranquila a subirse al último día de sus vidas.