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La dignidad de la derrota de Iván Turgueniev

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Fernando Araújo Vélez
30 de agosto de 2026 - 11:10 a. m.
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Por el amor de una mujer, Iván Turgueniev eligió la miseria y la humillación con las que su madre, Varvara Petrona Turgueneva, lo amenazaba si seguía con aquellas relaciones, y por ese amor decidió marcharse de Rusia a Alemania para estar cerca de su amada, Pauline García de Viardot, una cantante de ópera “inteligente, culta y gran artista, dotada de una seducción extraordinaria”, como la describió Ricardo Baeza en una nota preliminar de uno de los tomos sobre los grandes novelistas rusos, publicado por la editorial Jackson de Buenos Aires en 1946. Ya Turgueniev había publicado algunos cuentos en distintas revistas literarias de San Petersburgo y Moscú, y la novela “Khor y Kalinitch”, de 1846, que firmó como T.L.

Su nombre empezaba a ser conocido, y sus textos comentados y discutidos en un mundo de letras que sólo tenía espacio para los eslavófilos y los occidentalistas. Los primeros defendían lo ruso de origen, el pueblo, las raíces, el dios ortodoxo, la santa Rus, al campesino y sus mujeres y a un futuro aún incierto pero que se acercaba más a la izquierda que a la derecha. Los segundos, a la aristocracia, a los zares, a Pedro el Grande por encima de todas las cosas. Los unos y los otros presionaban a Turgueniev para que se decantara por ellos, pero él no tomaba partido. Escribía, viajaba, leía. Sus obras se traducían al inglés, al alemán y al francés esencialmente, y unas cuantas empezaban a circular bajo el sello de “clásico”.

Para los “occidentalistas”, Turgeniev era “eslavófilo”, y para los “eslavófilos”, era “occidentalista”. En sus libros había personajes de todos los colores, mujeres, hombres y niños de la A a la Z que se caracterizaban simplemente por ser rusos, aunque no quedara jamás muy en claro qué era ser ruso. Uno que otro, como Bazarov en “Padres e Hijos”, rompió los moldes ideológicos de los años 60 del siglo XIX. Los progresistas dijeron que “Bazarov era una calumnia, cuando no una caricatura”, en palabras de Baeza, y para los reaccionarios era “una glorificación de los ideales revolucionarios”. Turgueniev lo definía como un “nihilista”. Para sus contradictores y allegados fue el primer escritor en utilizar aquel término.

De una u otra forma, Bazarov era él, Turgueniev, un hombre que no se inclinaba ante nadie, que no creía en dogmas ni en afirmaciones superficiales, y que si llegaba a perder, lo hacía siempre de pie; un hombre, en fin, que retó a un duelo a León Tolstoi por una discusión y un insulto, que hizo burlas de la profundidad psicológica de Dostoievski y luego le prestó algún dinero para que saldara sus deudas de juego.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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DONALDO MENDOZA M.(67774)Hace 7 minutos
A Turgueniev le tocó en (mala) suerte ser contemporáneo de Tolstoi y Dostoyevski. Y debió pasar como novelista menor al lado de aquellos.
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