Fueron sus ilusiones de ser vedette las que la llevaron a inventarse una entrevista con el dueño de uno de esos circos que solían instalarse en cualquier barrio humilde de Bogotá, con sus tigres algo desdentados, con sus osos ralos, y sus enanos y mujeres serpiente cansados de ser mofa de gente sin nombre ni rostro y nada más.
Llegó con su grabadora de periodista recién comprada y una libreta vacía por si acaso. Buscó en su guardarropa el vestido que mejor le quedaba entre todos aquellos que consideró dignos de un circo, y lo encontró luego de varias horas. Ese día, dirían quienes la vieron, parecía una modelo checa o rusa, una mujer de porte salida de alguna revista de moda muy exclusiva.
Llegó a su cita con el absurdo en punto de las tres de la tarde del primer sábado de marzo, unos años atrás. Gritó casi en silencio cuando sus tacones italianos se hundieron en el fango, pero salió de allí airosa. Sólo necesitó de un par de pañuelos para recuperar su estado despampanante. Cuando arribó a la “puerta” de la carpa, dudó. Su educación no le permitía entrar así como así, por más de que no hubiera timbres ni maderas para golpear. Estuvo uno o dos minutos allí, inclinada sobre una de sus piernas, con la cartera colgada del hombro, hasta que una especie de gnomo salió a rescatarla y la llevó donde el señor director, “quien todo lo sabe y todo lo puede”, como lo anunció, venia y trompetas incluidas.
La conversación no importó demasiado. Aún así, ella grabó todo lo que el señor director dijo, e incluso tomó algunos apuntes. “¿Quieres venir al escenario, que ya está por llegar el público?, le preguntó él, ofreciéndole su brazo. Ella aceptó. Volvió a clavar los tacones en el piso en medio de un pasillo cuasioscuro, pero se recompuso sobre el vuelo, y dio tres o cuatro pasos para llegar al escenario. Vio poco público, aunque público al fin.
El señor director la presentó como una distinguidísima periodista, le entregó el micrófono y un tigrecillo de peluche que ella acarició ante un estupor general que se fue convirtiendo en sonrisa, y luego, en carcajada. “¿Qué le dirías al tigre?”, la interrogaba el maestro de ceremonias. Ella respondía que “grrrr, o brrrr, o MiauuuUUU”, en fin, cosas de esas. La gente se reía cada vez más. Ella creyó que todos estaban drogados o locos, por supuesto. Entonces le dio por voltearse y lo comprendió todo en un instante. Detrás de ella, y a pasos perezosos, se le acercaba un real tigre de Bengala.