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La vida en rojo

Fernando Araújo Vélez

03 de julio de 2010 - 08:00 p. m.

Hubo quienes sostuvieron que la habían visto envuelta en una vehemente discusión con su libro, su libreta de apuntes o algo que se les parecía.

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Que el fondo de su deliberación pasaba por decidir si era la literatura la que imitaba a la vida o viceversa. Que citó a Oscar Wilde, más que nada a Oscar Wilde, y que sus gritos retumbaban por el Parque de la Independencia, desde la séptima hasta las Torres del Parque. El libro, sostuvo uno de los testigos que se la cruzó aquella fría tarde de viernes, era Crimen y Castigo. El tipo lo había reconocido porque tenía un ejemplar exacto, la misma edición, el mismo hombre atormentado y sangrante en la portada.

Ella, la mujer del Parque, como la llamaron los detectives y funcionarios que tuvieron que ver con su caso, se perdió con la noche para aparecer de nuevo tres días más tarde. El otro, el testigo de Dostoievski, como lo denominaban en la investigación, la encontró de nuevo al lunes siguiente y por fin, luego de dudarlo por más de dos horas, le habló. “Me dijo que Raskolnikov tenía toda la razón, que uno, por momentos, debía actuar como Dios y en nombre de Dios, y así, decidir el bien y el mal, la vida y la muerte”.

Se tomaron unas cervezas. Ella callaba casi siempre. Él hablaba para que los silencios no se los tragaran. “Sería por la soledad, los tragos, la noche, la música, sus ojos... Sería porque ante ella me sentía como ante una mujer de la Rusia de mil ochocientos y tantos, no sé, pero me dejé llevar, me perdí”. Se perdió. Se creyó un personaje de Crimen y Castigo. Tal vez Marmeladov, el borrachín que vendió hasta a su hija para poder seguir bebiendo. Se sintió oscuro, pestilente y, por ello, por ella, único.

Entonces ella le propuso que mataran a alguien. Al jefe de su madre, un tal por cual que la acosaba. “Sí, al miserabla ese”, recordó él que dijo ella. Salieron embriagados de rencor y fueron hasta la casa de la víctima. Lo llamaron. Él lo vio, era un hombre amable. Por lo menos eso parecía. Lo vio y se fue. Huyó. Luego supo que al tipo lo habían matado a hachazos. Lo leyó en un periódico que habían dejado botado.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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