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La vida por una primicia

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Fernando Araújo Vélez
28 de febrero de 2009 - 07:35 a. m.
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El hombre llegó al periodismo por una de aquellas razones difusas por las que los reporteros de entonces terminaban en los diarios: Hastío, vanidad, deseos de escalar, desempleo, curiosidad o  todo ello junto.

Acabó incrustado en la sección de judiciales una tarde de sábado en la que el jefe mayor lo llamó para proponerle, muy en secreto, que se dedicara a cubrir los hechos que él y sólo él le indicara. Comenzó con historias sencillas de vidas  humildes  que se acababan por un amor no correspondido, o por asaltos y robos a señoras y señores de clase media  que sólo le importaban al ladrón y al robado. Los detallaba, los investigaba, entrevistaba a los testigos y a los posibles testigos, los escribía y de cuando en cuando, los salpicaba con un poco de invención.

  De tanto andar entre los muertos se hizo amigo de dos policías, que después fueron tres y cuatro, y de un inspector que lo tenía al tanto de lo que ocurría. Un día lo llamó y le propuso que también podría informarlo sobre lo que iba a ocurrir a cambio de unos pesos. El periodista habló con su jefe, quien le dio vía libre. “Ofrézcale mil, y como mucho, dos mil, pero acá evaluamos si vale la pena o no”.  Su primer homicidio anticipado fue su primera gran duda, pero también, el más grandioso de sus éxitos periodísticos, y si se acercó a algún tipo de remordimiento,  lo ahogó con trago y palmadas de felicitación.  En pocas semanas, el subgerente de banco muerto en una emboscada planeada por su esposa para cobrar un seguro de vida quedó en el baúl de los recuerdos, sin bien ni mal.

Entonces llegaron otros asesinatos, todos de personajes  importantes. El era el único que sabía quién, dónde y cuándo, el único que relataba con la más minuciosa exactitud los sucesos sangrientos de las altas esferas. Su nombre se hizo costumbre en cocteles y fiestas. Las mujeres lo buscaban, los hombres se ufanaban de su amistad pues era el hombre que lo sabía todo. Se mudó de barrio, transformó sus hábitos, y hasta perdió gran parte de la paranoia que había adquirido con su oficio, por eso no percibió  a los dos pistoleros que se le acercaron en la Jiménez, calle abajo, y lo remataron a balazos contra un muro desierto una noche de domingo.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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