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La orden en forma de amable petición surgió casi en secreto. El presidente Laureano Gómez se inclinó hacia la esposa del gobernador y le susurró que quería hacerle una visita a su casa en tres horas.
Ella palideció. Con toda su finura le respondió que lo recibiría con mucho gusto y le sonrió, entre nerviosa y halagada. Los minutos corrieron, ella los sintió desbocarse, pero no podía dejar aquel pomposo almuerzo sin más ni más para organizar la velada presidencial. Habló de política y de protocolos, y en un instante en el que el Presidente se distrajo sacó un estilógrafo y escribió sobre la servilleta de seda, que tenía en la falda, un par de instrucciones para su hermana menor.
Cuando terminó se la entregó, discreta, a uno de los tantos meseros que iban y volvían con bandejas y vasos y copas. Dígale a mi hermana que se comunique con don Arturo, que él le soluciona todo, le dijo, terminante. Ya no volvió a comprender una sola sílaba de lo que conversaban el Presidente y los señores aquel mediodía de sábado. Tampoco le interesaban en demasía sus temas. Pensaba en la visita. En la comida, en las bebidas, las vajillas, los sirvientes, manteles e invitados. Luego dirían que todo había salido perfecto. Hasta Gómez la felicitó por sus dotes de anfitriona luego de haberle dicho que por la servilleta no se preocupara, que él la había repuesto.
