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El Caminante

La voluntad de admirar

Fernando Araújo Vélez
29 de enero de 2022 - 11:48 p. m.

Era lógico que para admirar a alguien se necesitara algo más que magia, y sobre todo, que la admiración no era asunto de magia, sino de conocimiento, de dignidad, de buscar razones por las que alguien era de una u otra manera y ponerlas en una balanza y no dejarse llevar por sentimientos ni corazonadas. Era lógico, sí. Por eso Ernesto Sábato había escrito en Abaddón el exterminador, que para admirar se necesitaba grandeza, pero cuando yo leí esa frase por vez primera, bombardeado de magia y sensibilidades por todos lados, creí que uno nacía con la cualidad de admirar. Luego, muy luego, comprendí que no era así, que uno admiraba a alguien por miles, millones de razones, y que la admiración comenzaba con la voluntad de admirar.

Por la voluntad de admirar, fui viendo que los motivos por los que me acercaba a alguien eran superfluos, porque una sonrisa no significaba mayor cosa. Bien podía ser una gran muestra de conveniencia o de cobardía, pero yo necesitaba sonrisas, palabras dulces, así fueran mentiras, para minimizar mis miedos, y no me daba cuenta de que quienes tanto me sonreían sentían tanto o más miedo que yo, y en general, solo buscaban aprobación. Los preferí. Elegí la sonrisa fácil y la mirada amable, en lugar de la palabra difícil y la seriedad. A fin de cuentas, yo también era un producto del incesante bombardeo de alegrías, felicidades y amores de las películas de Hollywood y de las canciones hechas para vender. La alegría de las serpentinas, las bombas y los platillos y la fiesta vendía.

Y la felicidad, que era la suma de aquellas fiestas y algo, o mucho de éxito fácil, la ley de la aprobación, vendía mucho más. Pasados muchos años, una mujer me preguntó si la quería, y aquel sencillo interrogante me condujo a otro más grande, el de la admiración. Se me enredó una frase de algún filósofo que hablaba de la verdad, aunque hubiera que amar a nuestro enemigo y odiar a nuestro amigo, y después, la de Sábato en Abaddón, y fui concluyendo que para admirar se necesitaba a alguien admirable, por supuesto, pero también, llenarme de herramientas para ser capaz de admirar. Pensar, descubrir, valorar, apartarme de la primera y fácil primera impresión de los sentimientos y de las opiniones de los demás y de los egos.

Sin voluntad de admirar, no podría encontrar a nadie admirable, o mejor, no podría ver lo admirable de nadie. Sin voluntad de admirar, en fin, todas mis elecciones estarían marcadas por una magia imposible de dominar.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com

 

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