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11 Jun 2022 - 9:49 p. m.

Las diosas y los escribas

Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura

Si algún día comenzamos a escribir, o a garabatear signos que en el fondo eran números, fue para llevar cuentas de cuentas y tener un poco claro quiénes se habían llevado qué, o quiénes debían o tenían algo y cuánto, y eso lo empezaron a hacer 7.000 años atrás los sumerios, por las tierras de Babilonia, hoy Irak, y por algunos lugares de lo que después algunos historiadores llamaron la Vieja Europa, hoy Bulgaria y Rumanía. Y si miles de años más tarde, de las cuentas y los rústicos números la humanidad pasó a escribir, a registrar alguna historia, fue para tratar de comprender el misterio y la magia del mundo y a los dioses, por supuesto, o mejor, a las diosas, pues en aquellos tiempos de tiempos inmemoriales, las mujeres eran las diosas de la humanidad, la encarnación de lo inexplicable, del más allá. Eran la vida, las creadoras de la vida, en épocas en las que los humanos aún no habían descifrado cómo surgía la vida.

La escritura era el sello de que algo había ocurrido, y de que había ocurrido como estaba impreso en las tablillas de arcilla en las que se imprimían los signos. Era la verdad, compuesta por fantásticos testimonios mezclados con comprobables realidades que eran tomados como verídicos, pues ya desde entonces un poco de veracidad le daba credibilidad al todo. Como verdad, lo escrito traspasó siglos y milenios, y partes de aquellas historias de Babilonia, como las del diluvio universal o la de Adán, fueron tomadas luego por distintos escribas para construir la Biblia.

Ser escriba pasó a convertirse en un oficio casi que divino. Requería de años y años de aprendizaje, no solo por aprender y comprender los signos y las técnicas de impresión, sino porque para ser escriba, el aprendiz debía saber la historia de su gente, sus costumbres, quién era quién y la parte del pasado que había sobrevivido por las distintas transmisiones orales. Los escribas debían conocer el significado del día y la noche, del sol y la luna y las estrellas, los tiempos de las cosechas, los sucesos del pasado, los que estaban por llegar y los misterios de las diosas.

Eran los sabios de la muy vieja antigüedad, los guías de los reyes o gobernantes, de los sacerdotes y su gente, y se tomaban tan en serio su responsabilidad que podían demorarse un año o quizás algo más para escribir una simple línea. Cada línea de cada signo y cada idea y cada cantidad, número o cuenta y cada hecho debían ser los que eran, “la palabra precisa”, pues eran los que quedarían para la posteridad, y la posteridad para los hombres de la historia y la prehistoria no era un simple juego de simples mortales, sino el designio de las diosas.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual es editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com
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