Abel de Urquiza tiene algo más de 50 años y otro nombre que jamás va a confesar, una cicatriz debajo del labio, bigote a lo Lech Walessa, manos de hierro y la mirada huidiza, y más huidiza aun cuando recuerda lo que vivió en la penitenciaría 1 de Córdoba, por allá en 1975.
Mientras ordena sus palabras, tiembla levemente y dice, a manera de preámbulo, que el “funcionario hijo de p… que sale en el Secreto de sus ojos es la viva y perfecta encarnación de los funcionarios que lideraban y ejecutaban las asesinas prácticas de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), un desfachatado miserable sin ley ni honor, uno de los miles que nos mutilaron la vida”.
No olvida, no perdona, pese a que sonríe, pleno, en apariencia sincero, cada vez que uno de los pasajeros de su carro de alquiler le pide que se detenga en una esquina de Bogotá, o le hace un comentario sobre los tiempos difíciles que siempre han sido y serán difíciles. Tal vez por eso también sonríe, porque pensará que tiempos difíciles, imposibles, sangrientos, inhumanos, nauseabundos, hipócritas, criminales, sórdidos eran aquellos en los que llegaban los tipejos y nos encapuchaban, ataban y hacían caminar hacia una reja. Cuando nos parábamos, un militar nos decía para qué se apuran tanto si de donde van no van a volver. Así nos hacían ver que nos llevaban para matarnos. Al día siguiente decían que había habido un intento de fuga.
De cuando en cuando tararea un tango y comenta, nostálgico, que tangos eran los de antes. Se detiene ante un semáforo, saca unas monedas y se las da al viejo de pelo enrulado que se para ahí todas las tardes, llueva, truene, relampaguee o haga sol, desde tiempos inmemoriales. Tantos, que su retahíla con tintes caribes ya ni se entiende. De Urquiza le responde igual. Y ahí están los dos en su diario diálogo de melancolías. Uno, desgarrado por la droga, el alcohol, la intemperie, un secreto que nadie nunca sabrá y quién sabe qué más. El otro, una especie de fantasma de sí mismo, un tango de los de antes, la consecuencia de una cobardía que le salvó la vida mientras veía a sus amigos llorar, caer, morir.